SANTIAGO BLAS — EL CONSUMO NO DESAPARECIÓ: CAMBIÓ DE VIDRIERA, PERO ¿QUIÉN PAGA EL COSTO?
Por Santiago Blas — Lectura Política
La economía que muestran los números y la que vive la gente
El presidente Javier Milei sostiene que la estabilización económica constituye uno de los principales logros de su gobierno. La reducción de la inflación ocupa un lugar central en ese discurso. Sin embargo, detrás de las estadísticas aparece una realidad bastante más compleja: familias que reorganizan sus gastos, comerciantes que cuentan cada venta y consumidores que recorren distintas alternativas antes de decidir dónde gastar su dinero.
Porque una cosa es que los precios aumenten a menor velocidad y otra muy diferente es que los salarios recuperen capacidad de compra.
La inflación puede desacelerarse sin que desaparezcan las dificultades económicas. Los alquileres, los servicios, el transporte y los alimentos siguen compitiendo por ingresos que, en numerosos hogares, no alcanzan para sostener los mismos hábitos de consumo.
Pero hay otro fenómeno que merece atención y que suele quedar fuera de la discusión política: el consumo también está cambiando de lugar.
Del mostrador a la pantalla
Durante décadas, el comercio de proximidad fue una pieza fundamental de la economía argentina. El almacén, la ferretería, la tienda de ropa y los pequeños negocios de barrio no solamente vendían productos. Generaban empleo, sostenían familias y mantenían en circulación una parte importante del dinero dentro de cada comunidad.
Hoy ese esquema enfrenta una transformación acelerada.
Plataformas como Mercado Libre, Temu y otras alternativas de comercio electrónico modificaron las formas de buscar precios, comparar productos y concretar compras.
Un consumidor puede recorrer decenas de ofertas desde su teléfono sin ingresar a un solo local comercial. Puede comprarle a una empresa de otra provincia o, según el producto y las condiciones de importación, a un proveedor del exterior.
La comodidad, las promociones y la amplitud de la oferta son ventajas reales. Sería un error desconocerlas o responsabilizar al consumidor por intentar cuidar su bolsillo.
Sin embargo, también sería un error suponer que todas las ventas digitales representan consumo adicional. Parte de ellas puede corresponder a compras que antes se realizaban en comercios físicos.
Y allí aparece el verdadero problema.
Cuando una venta cambia de manos
Si una familia deja de comprar determinado producto en un negocio de barrio y comienza a adquirirlo por una plataforma digital, esa operación no necesariamente significa que la economía esté creciendo.
Puede significar, simplemente, que cambió el canal de comercialización.
La diferencia es importante.
El comercio tradicional afronta alquileres, impuestos, servicios, salarios y costos de mantenimiento. En cambio, las plataformas operan con estructuras comerciales y logísticas diferentes, aunque también soportan costos significativos.
No se trata de afirmar que una modalidad sea necesariamente mejor que la otra. Se trata de investigar si ambas compiten bajo condiciones comparables y qué efectos produce esa competencia sobre las pequeñas y medianas empresas.
Porque cuando un negocio cierra no desaparece solamente un cartel comercial. Puede perderse un puesto de trabajo, reducirse la actividad de proveedores y debilitarse la vida económica del barrio.
La concentración que nadie debería ignorar
El crecimiento del comercio electrónico abre oportunidades para miles de emprendedores y pequeñas empresas. Muchos negocios encontraron en las plataformas una herramienta para ampliar su mercado.
Pero también plantea interrogantes sobre la concentración económica.
¿Quién determina las comisiones? ¿Qué capacidad tiene un pequeño vendedor para negociar las condiciones? ¿Cómo se distribuyen los beneficios entre las plataformas, los comerciantes, los trabajadores y los consumidores?
Y hay otra pregunta todavía más delicada: ¿qué ocurre cuando una parte creciente de las decisiones comerciales depende de sistemas digitales que concentran información sobre precios, búsquedas, hábitos de compra y comportamiento de los usuarios?
El poder económico ya no se mide solamente por la cantidad de sucursales o depósitos. También se mide por el control de los canales de venta, los datos y la visibilidad de los productos.
Esta transformación merece una discusión pública que vaya más allá de celebrar o condenar las compras por internet.
¿Qué modelo productivo está construyendo la Argentina?
La discusión de fondo es política.
Un país necesita consumidores con capacidad de compra, empresas competitivas, empleo formal y reglas que permitan incorporar tecnología sin abandonar su estructura productiva.
La modernización comercial no debería convertirse en una guerra entre el teléfono celular y el almacén de la esquina.
El Estado tiene la responsabilidad de analizar las condiciones de competencia, la carga tributaria, los costos logísticos, la protección del consumidor y las consecuencias de las importaciones sobre la producción y el trabajo nacional.
También corresponde preguntarse qué herramientas reciben las pequeñas empresas para adaptarse a una economía cada vez más digital.
Porque defender al comercio barrial no significa impedir el progreso tecnológico. Significa procurar que ese progreso no deje afuera a quienes sostienen buena parte de la actividad económica cotidiana.
La pregunta que el Gobierno todavía debe responder
El debate económico argentino no puede agotarse en un índice de inflación ni en una declaración presidencial.
Hace falta conocer cuánto compran realmente los hogares, cómo evolucionan sus ingresos, qué sectores aumentan sus ventas y cuáles retroceden.
Y, sobre todo, hace falta determinar quiénes ganan y quiénes pierden con la transformación de los canales comerciales.
No sería riguroso afirmar que todo el consumo perdido por los negocios tradicionales se trasladó a internet. Para demostrarlo se necesitan estadísticas comparables, investigaciones sectoriales y datos sobre el comportamiento de los consumidores.
Pero tampoco sería razonable ignorar que la digitalización está modificando profundamente el mapa comercial argentino.
La pregunta no es si debemos aceptar la tecnología. Esa discusión ya quedó atrás.
La pregunta es si la Argentina está preparada para aprovecharla sin destruir las oportunidades económicas de sus propios ciudadanos.
Porque detrás de cada persiana que baja hay una historia. Detrás de cada compra digital hay una decisión económica. Y detrás de cada política pública debería existir una visión de país.
El consumo no desapareció por completo: una parte se contrajo, otra cambió de hábitos y otra encontró nuevas vidrieras.
Lo que todavía debemos descubrir es quién está pagando el costo de esa transformación.
Y si el Gobierno tiene una respuesta que vaya más allá de celebrar los números.
Santiago Blas
Lectura Política — Información, análisis y opinión.