Sábado, 3 de Octubre del 2026

17 OCTUBRE SIN MEMORIA, PERO CON HISTORIA

Por Santiago Blas 

Hay fechas que se recuerdan y hay fechas que se llevan en el corazón. Para un peronista, el 17 de Octubre de 1945 pertenece a estas últimas. Aquel día no comenzó en la Plaza de Mayo. Comenzó mucho antes, en las fábricas, los frigoríficos, los talleres y los barrios trabajadores. Y para nosotros, los bonaerenses, tiene un nombre imposible de olvidar: Berisso. Desde allí, desde Ensenada, La Plata, Avellaneda y distintos puntos del conurbano comenzaron a marchar miles de trabajadores. Perón estaba detenido y el pueblo había comprendido algo fundamental: no estaban encarcelando solamente a un coronel; estaban intentando arrancarle los derechos que comenzaba a conquistar.

 

No había redes sociales, WhatsApp ni televisión convocando. Había algo mucho más poderoso: conciencia, organización y lealtad. Caminaron kilómetros. Cruzaron como pudieron. Llegaron a Buenos Aires. Los hombres con sus ropas de trabajo, las mujeres, los jóvenes, los olvidados de una Argentina que hasta entonces los miraba desde arriba llenaron la Plaza de Mayo y exigieron una sola cosa: queremos a Perón. Y Perón apareció en el balcón. Pero aquella noche ocurrió algo todavía más importante: el pueblo descubrió su propio poder. Allí nació nuestro 17 de Octubre. Allí nació la Lealtad. Allí comenzó a consolidarse un movimiento que cambiaría para siempre la Argentina.

 

Después llegaría Evita. Eva no necesitó que nadie le explicara quiénes eran aquellos hombres y mujeres. Los conocía porque venía del mismo dolor, del mismo abandono y de la misma Argentina profunda. Perón construyó una doctrina. Evita le puso fuego en el corazón. Y quedaron tres banderas que todavía resumen nuestra razón de ser: Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política. Quedaron también las Veinte Verdades y una frase que debería estar escrita en cada unidad básica, cada sindicato y cada despacho de quien diga llamarse peronista: “Primero la Patria, después el Movimiento y luego los hombres”.

 

Porque ser peronista nunca fue solamente cantar la marcha, levantar dos dedos o tener una fotografía de Perón y Evita. Ser peronista significa tomar partido: por el que trabaja, por el que produce, por el jubilado, por el niño, por el que quedó afuera, por la industria nacional y por nuestra soberanía. El movimiento conoció victorias y derrotas. Conoció el golpe de 1955, la persecución, los fusilamientos, dieciocho años de proscripción y el exilio de Perón. Conoció también su propia sangre: José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y símbolo de la lealtad sindical a Perón, fue asesinado en 1973. Y, sin embargo, el peronismo sobrevivió. ¿Por qué? Porque sobrevivió el pueblo.

 

Por eso este 17 de Octubre no quiero quedarme solamente mirando fotografías en blanco y negro. Quiero mirar la Argentina de hoy. Porque ¿de qué sirve hablar de justicia social frente a una heladera vacía? ¿De qué sirve cantar la marcha si un jubilado tiene que decidir entre comprar sus remedios o comprar comida? ¿De qué sirve recordar a Evita si una madre vuelve a contar las monedas antes de entrar al supermercado? ¿De qué sirve hablar del trabajador si tener trabajo ya no garantiza llegar dignamente a fin de mes? ¿Dónde está el peronismo cuando un chico se acuesta sin comer lo suficiente?

 

Ese es el desafío de nuestro tiempo. El 17 de Octubre no puede convertirse en una ceremonia, una fotografía para las redes ni una reunión de dirigentes hablando entre dirigentes. Tiene que volver a ser pueblo. Volver al barrio. Volver a la fábrica. Volver al trabajador. Volver al jubilado. Volver al comerciante que levanta la persiana sin saber si podrá mantenerla abierta. Volver a la familia que abre la heladera y encuentra cada día un poco menos. Porque aquellos trabajadores de 1945 no caminaron kilómetros para conseguir cargos. Caminaron por dignidad. No marcharon para construir una casta peronista. Marcharon para terminar con los privilegios.

 

Y quizá haya llegado el momento de preguntarnos si seguimos siendo dignos de aquellos que caminaron desde Berisso hacia la historia. El mejor homenaje no será cantar más fuerte la Marcha Peronista. Será conseguir que vuelva a haber trabajo, salario digno, producción y comida en cada mesa argentina; que nuestros jubilados puedan vivir y no simplemente sobrevivir; que nuestros hijos vuelvan a imaginar un futuro en esta Patria. Porque una heladera vacía también es una derrota de la justicia social. Y mientras exista una heladera vacía, un trabajador pobre, un jubilado abandonado o un niño con hambre, ningún peronista debería sentirse satisfecho.

 

Ese debe ser nuestro 17 de Octubre. No solamente recordar lo que fuimos. Volver a luchar por lo que vinimos a hacer. Por Perón. Por Evita. Por los trabajadores. Pero, antes que nada y por encima de todos nosotros: por la Patria y por nuestro pueblo.