MILEI VA POR 2027: ¿EL MEJOR GOBIERNO DE LA HISTORIA… O TRES ARGENTINAS QUE TODAVÍA NO SE PONEN DE ACUERDO?
MILEI VA POR 2027: ¿EL MEJOR GOBIERNO DE LA HISTORIA… O TRES ARGENTINAS QUE TODAVÍA NO SE PONEN DE ACUERDO?
Por Santiago Blas
Inflación, motosierra, despidos, comercios que cierran, $LIBRA, el oro, denuncias, conflictos y una economía que divide percepciones. Tres maneras de mirar el mismo país: los que acompañan, los que cuestionan y los que todavía esperan. Y una cuarta posibilidad que puede surgir de todas ellas.
Javier Milei acaba de poner sobre la mesa una palabra que inevitablemente empieza a mirar hacia 2027: reelección. El Presidente fue claro: irá por un segundo mandato si considera que está haciendo “el mejor gobierno de la historia”. La frase es enorme. Y justamente por eso merece una pregunta todavía más grande: ¿el mejor gobierno de la historia para quién?
Porque la Argentina de hoy no es una sola Argentina. Es un país atravesado por percepciones diferentes, experiencias diferentes y expectativas diferentes. Y quizás comprender esas diferencias sea mucho más importante que repetir una y otra vez la discusión entre oficialismo y oposición.
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LA ARGENTINA QUE ACOMPAÑA. Existe una Argentina que mira el Gobierno de Milei y ve una ruptura histórica. Ve una inflación que se desaceleró respecto del escenario heredado, equilibrio fiscal, reducción del gasto, desregulación, cambios estructurales y una decisión política de no volver al esquema que, según esta mirada, llevó al país durante décadas de crisis en crisis. Para quienes piensan así, el sacrificio tiene una explicación: había que ordenar primero para poder crecer después. Es una posición legítima y sería un error periodístico negarla. Pero también hay una pregunta que esa Argentina deberá responder: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un sacrificio antes de que sus resultados tengan que sentirse en la vida cotidiana? Porque la estabilidad macroeconómica puede ser imprescindible, pero el ciudadano no vive dentro de una planilla de Excel. Vive en su casa, compra alimentos, paga servicios, busca trabajo, abre un comercio y necesita saber si mañana estará mejor que hoy.
LA ARGENTINA QUE CUESTIONA. Después está la Argentina que siente que el costo del ajuste cayó demasiado fuerte sobre la sociedad. Trabajadores despedidos, familias que reducen consumos, jubilados que deben elegir qué pagar, pequeños comerciantes que intentan resistir, empresas que reducen estructuras y personas que pierden un empleo y reciben como respuesta que deben transformarse en emprendedores. Pero emprender no es simplemente perder un salario. Para emprender hacen falta capital, crédito, clientes, consumo y un mercado capaz de sostener la actividad. Y ahí aparece una de las imágenes más duras de estos tiempos: el trabajador que pierde su empleo, intenta convertirse en comerciante y termina bajando la persiana porque no puede sostener el negocio. Entonces la pregunta deja de ser solamente económica y se vuelve social: ¿estamos creando nuevos emprendedores o estamos convirtiendo trabajadores despedidos en sobrevivientes de una economía que todavía no logró incorporarlos?
Hay una Argentina que no aparece siempre en los grandes discursos: la del comercio pequeño, el kiosco, el almacén, el taller, el profesional que trabaja por su cuenta y el negocio familiar. Para ellos, la economía se mide de una manera mucho más sencilla: ¿entra gente por la puerta? Porque cuando el consumo cae, no existe discurso que pueda pagar una factura. Y cuando las cuentas dejan de cerrar, llega un momento en que la persiana baja.
LA ARGENTINA DE LAS PREGUNTAS INCÓMODAS. Pero este Gobierno tampoco puede ser evaluado únicamente por inflación, déficit o actividad económica. También quedaron instaladas preguntas institucionales. $LIBRA se convirtió en uno de los episodios más controvertidos después de que Milei difundiera públicamente el proyecto y el activo sufriera luego un desplome. El episodio derivó en investigaciones y en una controversia política que todavía no terminó. El punto no es transformar una controversia en una condena: una denuncia no es una sentencia. Pero tampoco puede pretenderse que una controversia desaparezca simplemente porque todavía no existe una decisión judicial definitiva.
Después apareció otra pregunta: ¿qué ocurre con el oro de las reservas argentinas? ¿Dónde está? ¿En qué condiciones? ¿Qué información puede conocer la sociedad? El Gobierno tiene sus explicaciones y los organismos de control tienen sus procedimientos. Pero cuando se trata del patrimonio nacional, la transparencia no debería ser una concesión: debería ser una obligación.
Y están también las denuncias que involucraron a funcionarios y personas del entorno del poder. Audios, acusaciones, investigaciones y controversias. Nuevamente: investigar no significa condenar. Pero gobernar tampoco significa quedar exento de preguntas.
¿Y QUÉ PASÓ CON LA PROMESA DE UNA NUEVA POLÍTICA? Milei llegó al poder denunciando a la “casta”. Prometió terminar con privilegios y cambiar la manera de hacer política. Por eso cada controversia que aparece alrededor del poder tiene un peso adicional. Porque quien promete cambiar las reglas no solamente tiene que demostrar que administra mejor: tiene que demostrar que también juega con reglas diferentes.
LA TERCERA ARGENTINA: LA QUE TODAVÍA ESPERA. Pero existe una tercera Argentina. Quizás la más difícil de medir. La que todavía no sabe. La que observa. No necesariamente quiere volver al pasado, pero tampoco está dispuesta a entregar un cheque en blanco al futuro. Es la familia que dice “esperemos”; el trabajador que quiere ver si el salario recupera; el comerciante que quiere saber si vuelve el cliente; el empresario que necesita saber si podrá invertir; el joven que quiere saber si su futuro está acá o afuera. Esa Argentina todavía está mirando. Y políticamente puede ser decisiva.
Entonces aparecen tres posiciones. Una dice: “Hay que continuar.” Otra dice: “Hay que cambiar.” Y una tercera responde: “Todavía no sé.” Tres Argentinas. Tres miradas. Tres experiencias. Tres posibles respuestas frente a la misma realidad.
Pero quizás estemos cometiendo un error si pensamos que esas tres Argentinas necesariamente tienen que enfrentarse hasta el infinito.
LA CUARTA ARGENTINA. ¿Y si de esas tres Argentinas pudiera surgir una cuarta? Una Argentina que no quiera destruir todo lo que hizo el gobierno anterior, pero tampoco conservar todo lo que hizo mal. Una Argentina capaz de reconocer un acierto aunque venga del adversario y capaz de corregir un error aunque haya sido cometido por quien votó. Una Argentina que entienda que gobernar no significa comenzar de cero cada cuatro años.
Esa Argentina tiene un nombre político posible: unidad nacional.
Pero no una unidad nacional entendida como una foto de dirigentes abrazados. Ni como un reparto de cargos. Ni como una negociación entre dirigentes mientras la sociedad queda afuera. Unidad nacional debería significar acuerdos básicos sobre aquello que Argentina necesita sostener independientemente de quién gane una elección: educación, seguridad, salud, trabajo, producción, infraestructura, energía, desarrollo, equilibrio de las cuentas públicas y, sobre todo, reglas institucionales que permitan que el país tenga continuidad.
Porque quizás el problema argentino no sea solamente quién gobierna. Quizás también sea que cada gobierno llega prometiendo comenzar nuevamente la historia. Un gobierno desarma lo que hizo el anterior; el siguiente desarma lo que hizo el anterior. Y mientras tanto pasan los años, pasan las generaciones, pasan las crisis, pasan los presidentes y Argentina continúa discutiendo cuál fue el mejor modelo sin conseguir construir un modelo capaz de sobrevivir a la próxima elección.
Tal vez el verdadero desafío de 2027 no sea solamente elegir entre Milei y quien se presente enfrente. Tal vez sea decidir si queremos seguir viviendo en un país que cambia de rumbo cada cuatro años o construir un país capaz de sostener políticas de Estado durante décadas.
EL PRESIDENTE PUEDE PEDIR LA REELECCIÓN. LA SOCIEDAD TIENE LA ÚLTIMA PALABRA. Milei puede considerar que está haciendo el mejor gobierno de la historia. Puede mostrar sus números, defender sus reformas, pedir continuidad y señalar los errores de los gobiernos anteriores. Quienes lo apoyan tienen derecho a hacerlo. Quienes lo cuestionan también tienen derecho a señalar aquello que consideran errores, costos o fracasos. Y quienes todavía no saben tienen algo todavía más importante: el derecho a esperar, observar y decidir.
Porque ninguna inteligencia artificial, ningún encuestador, ningún analista y ningún dirigente puede reemplazar esa decisión. La respuesta definitiva estará en la sociedad y después, en las urnas.
Pero quizás exista una posibilidad que todavía no estamos mirando: que las tres Argentinas no tengan necesariamente que destruirse entre sí. Que la Argentina que acompaña, la que cuestiona y la que espera puedan encontrar algunos puntos en común. Y que de esa coincidencia nazca una cuarta Argentina.
La Argentina que quiere dejar de empezar de cero.
La Argentina que pueda decir: “No quiero volver al pasado”, pero también: “No quiero destruir el futuro”. La Argentina que diga: “Conservo lo que funciona, corrijo lo que fracasa y construyo lo que todavía falta.”
Eso podría llamarse unidad nacional.
No una unidad para que todos piensen igual, sino una unidad para entender que hay cosas que un país no puede seguir resolviendo cada cuatro años.
Milei ya está mirando hacia 2027. Ahora los argentinos tendrán que decidir qué quieren mirar ellos: ¿la continuidad, el cambio, la espera o algo diferente?
Quizás la verdadera discusión que se abre no sea solamente si Milei merece cuatro años más. Quizás sea mucho más profunda:
¿QUÉ ARGENTINA QUEREMOS CONSTRUIR DESPUÉS DE MILEI, CON MILEI O SIN MILEI?
Porque un Presidente puede ganar una elección. Puede gobernar. Puede transformar. Puede equivocarse. Puede acertar. Pero ninguna persona puede ser más importante que el país que gobierna.
Y por eso la historia no la escribe solamente quien ocupa el sillón presidencial.
La escriben los argentinos.
Los que acompañan. Los que cuestionan. Los que esperan.
Y quizás también aquellos que algún día comprendan que la única forma de salir definitivamente de la crisis no sea que una mitad de la Argentina venza a la otra.
Sino que las cuatro Argentinas puedan finalmente encontrarse en una sola: una Argentina que no necesite destruirse a sí misma para poder construirse.