Martes, 8 de Septiembre del 2026

CUANDO UN PAÍS QUIERE DESTRUIR A LA MITAD DEL PAÍS

CUANDO UN PAÍS QUIERE DESTRUIR A LA MITAD DEL PAÍS

Por Santiago Blas.

De la Década Infame a la advertencia de Pichetto: la Argentina no puede seguir viviendo bajo la lógica del exterminio político

Hay declaraciones que pasan inadvertidas porque se pierden entre el ruido cotidiano de la política. Y hay otras que obligan a detenerse. Las recientes declaraciones de Miguel Ángel Pichetto, a partir de su conversación con Cristina Fernández de Kirchner, pertenecen a esta segunda categoría. No porque Pichetto tenga necesariamente la verdad absoluta, ni porque Cristina represente hoy una solución para los problemas del país, sino porque, desde dos trayectorias políticas profundamente diferentes, aparece una advertencia que debería interpelar a toda la dirigencia: un país no puede ser viable si pretende construirse sobre la destrucción permanente de la mitad de su propia sociedad.

Quizás ahí esté el verdadero valor de lo que dijo Pichetto: no solamente en sus palabras, sino en el lugar desde donde fueron pronunciadas. Pichetto conoce desde adentro el funcionamiento del Congreso, las negociaciones parlamentarias, las mayorías y las minorías, los acuerdos y las dificultades que implica transformar una decisión política en una política de Estado. Su extensa trayectoria legislativa le permite comprender algo elemental que muchas veces parece haberse olvidado: en democracia, gobernar no significa conseguir que todos piensen igual; significa conseguir que quienes piensan diferente puedan convivir dentro de las mismas reglas. Y eso es exactamente lo que la Argentina parece estar perdiendo.

Durante demasiado tiempo hemos dejado de discutir qué país queremos para empezar a discutir quién tiene derecho a existir políticamente. La discusión dejó de ser proyecto contra proyecto y se convirtió en enemigo contra enemigo. De un lado, la llamada "derecha"; del otro, el "kuka". Dos etiquetas utilizadas como armas arrojadizas para reducir a millones de argentinos a una caricatura. Detrás de esas palabras hay personas: trabajadores, empresarios, jubilados, comerciantes, profesionales, estudiantes y familias enteras que votaron a unos, a otros, que cambiaron su voto o que directamente dejaron de creer.

Sin embargo, la política parece empeñada en convencerlos de que el ciudadano que piensa diferente constituye una amenaza que debe ser derrotada, humillada o, en el extremo, eliminada del escenario político. Ahí comienza el verdadero problema. Una democracia puede soportar una elección muy disputada, una derrota, una crisis económica e incluso gobiernos de signo ideológico diferente. Lo que difícilmente puede soportar durante décadas es la voluntad permanente de cada gestión de deshacer todo lo construido por la anterior y convertir al adversario en un enemigo existencial. Eso no es alternancia: eso es inestabilidad.

EL ESPEJO DE LA HISTORIA

La Argentina ya conoce los peligros de la exclusión política. La llamada Década Infame no fue solamente un período marcado por el fraude electoral y el deterioro institucional; también fue la expresión de un sistema político que atravesó profundas tensiones mientras la sociedad argentina se transformaba. La exclusión y el agotamiento de aquel orden no resolvieron las tensiones sociales: las profundizaron.

La historia demuestra que cuando una parte de una sociedad intenta gobernar como si la otra no existiera, tarde o temprano la realidad termina entrando por la puerta que la política quiso cerrar.

Hoy podemos cambiar los nombres y los protagonistas, pero el mecanismo amenaza con repetirse: un sector llega al poder prometiendo una refundación, el adversario pasa a ser responsable de todos los males, las instituciones se convierten en campos de batalla y la política termina transformándose en revancha. Después cambia el gobierno y comienza exactamente lo mismo, en sentido contrario.

Así se construye el círculo vicioso argentino.

EL MITO DE LA ARGENTINA 50/50

Tal vez uno de nuestros mayores errores sea creer que la Argentina puede dividirse permanentemente en dos mitades: 50 contra 50, buenos contra malos, República contra populismo, mercado contra Estado.

Pero la sociedad real es infinitamente más compleja.

El argentino que votó a Milei puede coincidir con alguien que votó al peronismo en la necesidad de recuperar el trabajo. El que defendió a Cristina puede reclamar disciplina fiscal. El empresario necesita del Estado en determinadas circunstancias y el trabajador puede defender la iniciativa privada. El joven que reclama libertad puede exigir educación pública. El ciudadano que pide equilibrio fiscal también puede reclamar una jubilación digna.

La sociedad no vive dentro de las etiquetas que inventa la política.

La sociedad vive.

Trabaja.

Paga impuestos.

Cría hijos.

Emprende.

Estudia.

Sufre.

Progresa cuando puede.

Y espera, sencillamente, que el Estado funcione.

Por eso, la fantasía de que una mitad puede exterminar políticamente a la otra es, además de peligrosa, profundamente ingenua. Ningún decreto va a hacer desaparecer al peronismo. Ninguna elección va a eliminar al liberalismo. Ninguna campaña va a borrar las convicciones de millones de argentinos.

El adversario político no desaparece porque uno lo desee.

Y cuanto antes lo comprendamos, mejor.

POR ESO LAS PALABRAS DE PICHETTO IMPORTAN

Aquí es donde la intervención de Pichetto adquiere una dimensión que excede la coyuntura.

No estamos hablando simplemente de una declaración más dentro del interminable ruido político argentino. Estamos hablando de una advertencia que proviene de alguien que conoce profundamente la maquinaria institucional de la República y que ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de la negociación parlamentaria y la construcción de acuerdos.

Pichetto representa una concepción de la política basada en el oficio de negociar.

Y negociar no es claudicar.

Dialogar no es rendirse.

Acordar no es traicionar.

En una República significa entender que las propias convicciones deben convivir con las convicciones de millones de ciudadanos que piensan distinto.

Por eso resulta significativo que una conversación entre dirigentes de origen político tan contrapuesto sirva para poner sobre la mesa una verdad elemental: si seguimos destruyéndonos entre nosotros, no habrá vencedor.

Habrá solamente un país más pobre, más dividido y más cansado.

UNIDAD NACIONAL NO ES PENSAR IGUAL

Debemos ser claros: hablar de Unidad Nacional no significa pedir una falsa armonía ni construir un centro político artificial donde nadie pueda discutir nada.

La democracia necesita conflicto.

Necesita oposición.

Necesita crítica.

Necesita alternancia.

Lo que no necesita es el odio como método de gobierno.

La Unidad Nacional consiste en algo mucho más concreto: acordar aquello que un país necesita sostener aunque cambie el gobierno.

Argentina necesita, al menos, cinco consensos básicos.

1. Estabilidad económica. Disciplina fiscal, responsabilidad monetaria y reglas previsibles.

2. Producción y trabajo. Impulsar la industria, el campo, la energía, la minería, la tecnología y las PyMEs como motores de desarrollo y generación de empleo

3. Educación. Una política nacional sostenida en el tiempo para recuperar calidad, formación y oportunidades.

4. Infraestructura y desarrollo territorial. Rutas, trenes, energía, conectividad, vivienda y obras que permitan integrar verdaderamente a la Argentina.

5. Instituciones. Un Congreso con centralidad, una Justicia independiente y un Poder Ejecutivo que respete los límites constitucionales.

No son banderas de izquierda ni de derecha.

Son condiciones mínimas para que un país pueda proyectarse.

EL VERDADERO ABRAZO ARGENTINO

Pero hay algo todavía más profundo.

La Unidad Nacional no se construye únicamente en el Congreso. Se construye en el territorio: en el barrio, en la fábrica, en el comercio, en la escuela, en el club y en la familia.

Cuando un argentino necesita ayuda, casi nunca pregunta primero a quién votó el que tiene enfrente.

Cuando falta comida, la solidaridad no pide afiliación partidaria.

Cuando alguien pierde el trabajo, el vecino no pregunta qué ideología tiene antes de darle una mano.

Cuando una familia atraviesa una tragedia, nadie exige una credencial política para acercarse.

Quizás la sociedad tenga algo para enseñarle a la política.

Los argentinos ya sabemos convivir mucho más de lo que nuestros dirigentes creen.

Lo hacemos todos los días.

Nos falta que quienes conducen aprendan a hacerlo también.

O NOS SALVAMOS JUNTOS, O NO SE SALVA NADIE

La Argentina no necesita otra guerra política.

Necesita una generación de dirigentes capaz de comprender que gobernar no es destruir todo lo que hizo el anterior y que hacer oposición no es desear el fracaso del país para demostrar que uno tenía razón.

Necesitamos recuperar el valor de la palabra, de la negociación, de la institucionalidad y de los acuerdos.

Necesitamos recordar que no estamos divididos entre argentinos buenos y argentinos malos, sino formados por millones de personas con distintas ideas sobre el futuro.

Eso es la democracia.

Por eso las palabras de Pichetto merecen ser escuchadas.

No porque haya que convertirlas en una verdad revelada.

Sino porque abren una pregunta que nadie debería esquivar:

¿Hasta cuándo vamos a intentar construir una Argentina destruyendo a la otra Argentina?

La historia ya nos mostró el precio de la exclusión.

El presente nos está mostrando el costo de la grieta.

Y el futuro nos está esperando.

La Argentina necesita dejar de preguntarse quién va a destruir al otro y empezar a preguntarse qué podemos construir juntos.

Porque cuando se apagan las consignas, desaparecen las banderas partidarias y termina la campaña, queda una sola verdad:

somos el mismo país.

Y hay algo que deberíamos entender de una vez por todas:

nadie puede salvar la Argentina destruyendo a los argentinos.

O nos salvamos entre todos, o no se salva nadie.