“LA DESDICHA DEL INFELIZ POR EL DINERO, Y EL AMOR DEL POBRE QUE DISFRUTA DE LA VIDA"
Por el Dr. Maximiliano Esteban Ibarra Guevara.
La desdicha del infeliz por el dinero y el amor del pobre que disfruta de la vida. Por el Dr. Maximiliano Esteban Ibarra Guevara. Mi vieja, Doña Julia Mirta Guevara, a quien en casa llamábamos con infinito amor la “Linda Amapola”, me regaló una vez unas palabras que se me grabaron a flor de piel para siempre. Tiempo después, escuché a Facundo Cabral citar exactamente las mismas enseñanzas de su propia madre. Eran las mismas verdades, el mismo faro. "Maximiliano", me decía Doña Julia, "si querés hacer reír a Dios, contale tus planes". Y cuando me veía desvelado por las urgencias del día a día, me sacudía el alma: "Maxi, hijo mío, ¿cuándo vas a dejar de pelear para comenzar a vivir? Porque no se pueden hacer las dos cosas a la vez". A mí esas palabras me cambiaron la vida. Me la mejoraban cada vez que las recordaba. Aprendí de ella que se consiguen muchas más cosas con amor. Yo estaba, a veces, tan distraído en la pelea diaria por querer tener siempre la razón... Y ella volvía a insistir: "¿Querés la razón?, llevátela... pero déjame el corazón. Con la cabeza se hacen los aviones, Maxi, pero con el corazón se hace la gente". Mi vieja me enseñó que la cabeza se la pasa preguntando todo el tiempo, pero que con el corazón se vive, porque nunca se sabe. El corazón no pregunta; sabe perfectamente que nacemos para amar. Después de casi 50 años, y estando ella hoy en el cielo, empiezo a entender el verdadero peso de sus palabras. De a poco, intento llevarlas a la práctica: usar menos la cabeza y más el corazón. Sé que es muy difícil. Es dificilísimo en el mundo en que nos toca movernos. Vivimos en una sociedad colapsada, rodeados de personas que no solo no tienen corazón ni lo sienten, sino que carecen de cabeza y tampoco usan la más mínima razón. Miremos, si no, a quienes han saqueado a nuestra Patria. Qué enorme contraste entre la riqueza espiritual de nuestras madres y la desdicha infeliz de los que solo viven por el dinero. Ahí queda el desfile obsceno de la desvergüenza nacional: los bolsos de José López, el lujo de los yates de Insaurralde, las estancias de Lázaro Báez, los privilegios de Boudou, la prepotencia de los Kirchner, la ironía diaria de Adorni o la complicidad estructural de De Vido. Ellos encarnan a la perfección la desdicha del infeliz por el dinero. Son ingenieros de la ventaja; hombres y mujeres que aprendieron a fabricar aviones de papel moneda, pero se quedaron con el pecho completamente deshabitado. Gente sin razón, sin corazón y sin amor. No se aman a ellos mismos, porque quien se respeta no se convierte en una caricatura de la codicia. Mucho menos pueden sentir amor por el prójimo, y tampoco por nuestro hermoso país. Pero el daño más profundo no viene solo de los apellidos famosos que saturan las pantallas. Viene de la maquinaria invisible. Viene de todos aquellos que los han ayudado, cuyos nombres no son conocidos, y nos dañan más incluso. Son los engranajes ocultos de la impunidad diaria: el secretario que firma el expediente turbio, el testaferro anónimo, el contador que dibuja balances en las sombras, el cómplice que calla a cambio de una migaja de poder. Ellos también planificaron imperios de barro creyéndose eternos e intocables, olvidando que la tierra, al final, se lo va a tragar todo. Vivieron peleando por una ambición que solo los volvió esclavos de su propia miseria espiritual. Qué distantes están de la verdadera riqueza. Qué lejos quedaron del amor del pobre que, con poco, disfruta de la vida con dignidad. La madre de Cabral decía que esperaba que la muerte la encontrara totalmente viva. Mi vieja, la Linda Amapola, me enseñó que nacimos para amar. Ellos, los célebres y los desconocidos, caminan entre nosotros blindados de fueros y autos oficiales... pero están espiritualmente muertos. Tienen todo, pero no tienen nada. A nosotros, a los ciudadanos de a pie, nos queda la tarea más noble: usar menos la cabeza y más el corazón. Aferrarnos a la decencia, a la memoria y a esa dignidad que dejamos grabada en la piel gracias a nuestras madres. Esa es la riqueza invisible que ningún corrupto, por más poder que tenga, nos va a poder robar jamás.
Buenos Aires necesita volver a ser un lugar seguro para vivir en todo sentido, y para lograrlo, la voluntad política debe traducirse de manera urgente en acciones concretas. El momento de actuar es ahora.