Viernes, 18 de Septiembre del 2026

GEOPOLÍTICA MUNDIAL: TRUMP, GROENLANDIA, MALVINAS Y EL NUEVO TABLERO DEL SUR

GEOPOLÍTICA MUNDIAL: TRUMP, GROENLANDIA, MALVINAS Y EL NUEVO TABLERO DEL SUR

 

Por Paul M. Melendi

 

Hay momentos en la historia en los que una frase pronunciada dos siglos atrás vuelve a adquirir una inesperada actualidad. En 1823, el presidente estadounidense James Monroe formuló una doctrina sintetizada para siempre en cuatro palabras: “América para los americanos”. Más de doscientos años después, Donald Trump parece dispuesto a desempolvar aquella concepción y llevarla a una dimensión que excede las fronteras de Estados Unidos. Groenlandia, el Ártico, el Atlántico Sur, la Antártida, las Islas Malvinas y la creciente disputa entre Estados Unidos, China y Rusia ya no pueden analizarse como piezas independientes. Son partes de un mismo tablero geopolítico. Y en ese tablero aparece inevitablemente la Argentina.

 

Cuando Trump plantea que Groenlandia resulta estratégica para la seguridad estadounidense, no está hablando solamente de una enorme extensión cubierta de hielo. Está hablando de rutas marítimas, recursos naturales, minerales críticos, posiciones militares y control territorial. Está hablando del poder mundial de las próximas décadas. Pero ese razonamiento abre una pregunta incómoda: si Estados Unidos reivindica una concepción continental sobre Groenlandia, ¿qué ocurre entonces con Malvinas?

 

Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca. Las Islas Malvinas permanecen bajo administración británica y su soberanía es disputada por la Argentina. Son situaciones jurídicas e históricas diferentes y ninguna modificación sobre Groenlandia produciría automáticamente una obligación británica de abandonar las islas. Sin embargo, políticamente aparece una contradicción que merece ser señalada: ¿puede Washington impulsar una reorganización estratégica del continente americano y, al mismo tiempo, aceptar sin discusión la presencia británica en uno de los puntos más sensibles del Atlántico Sur?

 

Porque Malvinas no son solamente las islas. Son plataforma continental, pesca, hidrocarburos, proyección marítima, proximidad con la Antártida y una posición militar extraordinaria sobre uno de los corredores estratégicos del planeta. Y por eso Ushuaia tampoco es simplemente Ushuaia. Cualquier discusión sobre infraestructura logística, cooperación militar o presencia estadounidense en la región debe analizarse dentro de la competencia global. Quien obtiene posiciones estratégicas en el extremo austral aumenta su capacidad de proyección sobre el Atlántico Sur y la Antártida.

 

Argentina ya conoció un alineamiento particularmente estrecho con Washington. Durante la presidencia de Carlos Menem, el canciller Guido Di Tella inmortalizó aquella política bajo la expresión de las “relaciones carnales”. Hoy Javier Milei vuelve a colocar a Estados Unidos entre sus principales referencias internacionales, aunque dentro de un escenario completamente diferente. Trump cuestiona organismos multilaterales, exige nuevas condiciones a sus aliados y concibe la política exterior fundamentalmente en términos de intereses nacionales y posiciones estratégicas.

 

Por eso la discusión argentina no debería reducirse a estar a favor o en contra de Estados Unidos. La pregunta debería ser mucho más inteligente: ¿qué obtiene Argentina de su alineamiento? Porque las relaciones internacionales no funcionan por amistad. Funcionan por intereses. Si nuestro país ofrece cooperación estratégica, infraestructura, recursos, posicionamiento diplomático y una puerta privilegiada hacia el extremo austral, entonces también debería existir una agenda argentina sobre la mesa. Y esa agenda tiene un nombre inevitable: Malvinas.

 

Sería ingenuo imaginar que Washington obligará mañana a Londres a devolver las islas simplemente porque Trump avance sobre Groenlandia. Pero sería igualmente ingenuo que Argentina atravesara una eventual reorganización geopolítica del hemisferio sin intentar convertir su posición estratégica en capacidad de negociación. Y existe una cuestión todavía mayor: la Antártida. Allí puede encontrarse una de las grandes disputas geopolíticas de las próximas décadas. Recursos, investigación científica, rutas marítimas y presencia territorial convierten al continente blanco en una pieza cuyo valor estratégico seguirá creciendo. Argentina posee una ventaja que ningún gobierno debería desperdiciar: geografía, historia, presencia antártica y una de las puertas naturales de acceso al continente. Por eso Ushuaia, Malvinas y Antártida deben pensarse conjuntamente.

 

Quizás estemos observando los primeros movimientos de un mundo que todavía no terminó de nacer. Estados Unidos busca reafirmar su influencia hemisférica. China expande su presencia económica y logística. Rusia conserva capacidad militar y proyección global. Europa intenta preservar espacios construidos durante siglos. Y en el extremo austral aparece Argentina. La cuestión será decidir si nuevamente observaremos cómo las grandes potencias negocian nuestro espacio estratégico o si, finalmente, construiremos una política exterior capaz de sentarse a esa mesa defendiendo nuestros propios intereses.

 

Porque si vuelve la Doctrina Monroe, Argentina debería formular una pregunta antes de celebrar cualquier alineamiento: “América para los americanos”, de acuerdo. ¿Y las Malvinas?

 

Tal vez allí empiece la verdadera discusión geopolítica que nuestro país todavía se debe.