EL PODER SOBRE EL PODER
EL PODER SOBRE EL PODER
Cuando la política tiene los cargos, pero el territorio conserva la representación

Hay causas judiciales que investigan delitos, internas sindicales que disputan conducciones y sectores políticos que buscan controlar espacios de poder. Cuando esas dimensiones se cruzan, ya no alcanza con mirar un expediente: también hay que observar qué ocurre alrededor.
El caso de Iván Tobar abre esa discusión. El dirigente de la UOCRA La Plata quedó involucrado en una investigación de enorme impacto que, con el avance del expediente, fue reduciendo su alcance. Que una causa se achique no demuestra que haya sido armada, como tampoco un procesamiento equivale a una condena. Eso deberá resolverlo la Justicia. Pero mientras la Justicia actúa, el poder también se mueve.
Tobar no es solamente un nombre dentro de un expediente. Forma parte de una disputa sindical con fuerte peso territorial. Y allí aparece algo que la política muchas veces olvida: un cargo otorga autoridad, pero no necesariamente representación.
Se puede tener ministerio, intendencia, banca, presupuesto y aparato y, sin embargo, no tener territorio. También puede ocurrir lo contrario: perder posiciones, quedar fuera de los espacios institucionales, atravesar una situación judicial grave y conservar algo que ningún decreto puede entregar: el reconocimiento de una parte de la gente.
Entonces aparece la pregunta incómoda: si después de todo lo ocurrido el territorio continúa sosteniendo a un compañero, ¿por qué lo sostiene?
Ese acompañamiento no determina inocencia. Una multitud no reemplaza a un tribunal. Pero cuando alguien es acompañado mientras está arriba puede existir conveniencia; cuando continúa siendo acompañado mientras está abajo, la política debería preguntarse qué existe detrás de esa lealtad.
Puede ser pertenencia, reconocimiento, memoria o haber estado cuando otros no estuvieron. Por eso quizás la política debería dejar de preguntarle al territorio “¿por qué lo siguen?” y empezar a preguntarse: “¿qué tiene él que nosotros no tenemos?”
Y ahora aparece 2027.
Porque el territorio no solamente acompaña. El territorio también vota.
Tobar y su estructura acompañaron anteriormente proyectos electorales del peronismo. Por eso la pregunta hacia adelante adquiere otra dimensión: ¿a quién acompañará ese territorio en 2027? ¿Quién necesitará esos votos para ganar? ¿Y qué ocurrirá si quienes mañana necesitan ese respaldo son los mismos sectores que hoy ese territorio considera que le dieron la espalda, lo abandonaron o le hicieron alguna jugada?
No afirmamos que esa jugada haya existido. Eso tendría que demostrarse. Pero políticamente la pregunta es inevitable.
Porque en política existe memoria.
Y si alguien ayudó ayer a construir una victoria, mañana puede decidir no hacerlo. Miles de votos que en una elección parecen pertenecer naturalmente a un espacio político pueden cambiar de dirección cuando quienes los movilizan dejan de sentirse representados por ese espacio.
Ahí comienza otra discusión: ¿de quién son realmente los votos?
No son del intendente. No son del gobernador. Tampoco son del sindicalista. Son de los ciudadanos. Pero existen dirigentes capaces de persuadir, organizar y movilizar sectores sociales. Y cuando una elección se define por márgenes pequeños, esa capacidad puede transformar a un actor territorial en una pieza decisiva.
Por eso quizás algunos estén mirando solamente el presente mientras Tobar ya forma parte, quiera o no, de una pregunta sobre 2027.
¿A quién respaldará?
¿A quien estuvo cuando atravesó su peor momento?
¿Volverá a acompañar a quienes apoyó anteriormente?
¿Buscará otro camino?
¿O convertirá su propia experiencia en construcción política?
Es demasiado temprano para responderlo. Pero no para formular la pregunta.
Porque la política puede controlar cargos, distribuir recursos y construir alianzas. Lo que no puede fabricar mediante un decreto es legitimidad territorial.
El territorio no se designa.
El territorio no se decreta.
El territorio se construye.
Y las elecciones de 2027 pueden terminar mostrando algo todavía más incómodo: quién tenía verdaderamente el poder y quién solamente tenía el cargo.
Porque un despacho puede ocuparse, una candidatura puede acordarse y una lista puede cerrarse entre cuatro paredes.
Pero después llega el día de votar.
Y entonces el poder vuelve al territorio.
Quizás allí descubramos quién necesitaba realmente a quién.
Ese es el poder sobre el poder.