Sábado, 8 de Agosto del 2026

Alak sueña con gobernar la Provincia mientras 300 familias de su ciudad sólo sueñan con poder comer

EDITORIAL | CUANDO EL ORDEN PÚBLICO CHOCA CONTRA LA OLLA

 

 

City Bell: ¿qué orden estamos defendiendo cuando más de 300 familias salen a vender lo poco que tienen para poder comer?

 

Por Juan Ramírez – 

Vecino y mantero de City Bell

 

Hay imágenes que parecen pequeñas hasta que uno se detiene a mirarlas.

 

Una manta sobre el pasto. Un gazebo. Ropa usada colgada de una percha. Una mesa improvisada. Una caja con objetos que alguna vez estuvieron en una casa y que hoy necesitan convertirse en dinero.

 

Detrás de cada puesto no necesariamente hay un comerciante. Muchas veces hay algo mucho más sencillo y mucho más dramático: una familia tratando de llegar a la noche con comida sobre la mesa.

 

Eso es lo que está ocurriendo alrededor de la estación de City Bell.

 

Según nos transmiten quienes participan de esta actividad, son más de 300 familias las que encuentran allí una manera de generar algunos pesos para sostener sus hogares.

 

Y entonces aparece una discusión que desde un escritorio parece sencilla: el orden público.

 

Por supuesto que una ciudad necesita orden. Existen normas, espacios públicos que deben preservarse, condiciones de seguridad y reglas de convivencia que todos debemos respetar.

 

Pero gobernar no consiste solamente en hacer cumplir una norma.

 

Gobernar también significa comprender la realidad sobre la cual esa norma está cayendo.

 

Porque detrás de una persona que extiende una manta sobre el pasto para vender una campera, unos zapatos, una herramienta, un juguete o cualquier objeto usado puede haber una necesidad mucho más urgente que cualquier expediente municipal.

 

Puede estar la necesidad de conseguir $50.000 en un día para bancar la olla de una casa.

 

Y la olla no entiende de ordenanzas.

 

La heladera tampoco.

 

Los chicos que tienen que comer esa noche, menos todavía.

 

NO ESTÁN PIDIENDO UN SUBSIDIO: ESTÁN INTENTANDO TRABAJAR

 

Hay algo que debería interpelarnos profundamente.

 

Muchas de estas personas no están golpeando la puerta del municipio para pedir dinero.

 

Están tratando de generarlo.

 

Salen temprano. Soportan el frío. Arman una mesa. Extienden una manta. Llevan aquello que pueden vender y esperan durante horas que alguien se acerque y compre.

 

No están esperando que el Estado les resuelva la vida.

 

Están intentando resolverla ellos mismos.

 

Y allí aparece una enorme contradicción: un Estado que permanentemente habla de inclusión, trabajo y sensibilidad social puede terminar utilizando sus recursos para controlar precisamente a quienes están buscando una salida por sus propios medios.

 

Las fotografías de City Bell deberían obligarnos a pensar.

 

Porque cuando vemos numerosos agentes municipales frente a familias que venden ropa y objetos sobre el césped, la primera pregunta no debería ser solamente si esa actividad está autorizada.

 

La pregunta política debería ser:

 

¿Qué solución les estamos ofreciendo?

 

Porque desalojar un puesto puede llevar algunos minutos.

 

Resolver la necesidad que llevó a esa persona hasta ese puesto es muchísimo más difícil.

 

EL ORDEN SIN JUSTICIA SOCIAL ES SOLAMENTE DISCIPLINA

 

Nadie propone transformar City Bell en una tierra sin reglas.

 

Ese sería un argumento fácil para evitar discutir el verdadero problema.

 

Si existen cientos de familias que necesitan vender para sobrevivir, el municipio debería sentarse con ellas, escucharlas y construir una solución.

 

Empadronarlas.

 

Organizar los puestos.

 

Determinar días y horarios.

 

Establecer condiciones sanitarias y de seguridad.

 

Garantizar circulación peatonal.

 

Crear una feria social regulada.

 

Cobrar, incluso, una tasa mínima cuando corresponda y cuando la situación económica lo permita.

 

Ordenar no significa expulsar.

 

Regular no significa perseguir.

 

Gobernar tampoco puede consistir en mandar inspectores y agentes cada vez que la pobreza se vuelve demasiado visible.

 

Porque podemos sacar una manta del espacio público.

 

Podemos retirar un gazebo.

 

Podemos impedir que alguien venda.

 

Lo que no podemos hacer desaparecer mediante un operativo municipal es el hambre que llevó a esa persona hasta allí.

 

Y existe además una frontera que debe respetarse escrupulosamente: cualquier procedimiento sobre mercadería debe realizarse dentro de las facultades legales correspondientes, documentando las actuaciones y garantizando los derechos de las personas involucradas. La necesidad social no elimina la ley, pero la ley tampoco elimina la dignidad.

 

SEÑOR INTENDENTE: ANTES DE PENSAR EN LA PROVINCIA, MIRE A SU GENTE

 

Desde hace tiempo escuchamos hablar de proyectos políticos, candidaturas y construcciones provinciales.

 

Está muy bien que cualquier dirigente tenga aspiraciones.

 

Pero quien pretende algún día gobernar la provincia de Buenos Aires primero debería demostrar que es capaz de mirar a los ojos a quienes atraviesan dificultades en su propia ciudad.

 

Porque la Provincia no empieza en la Casa de Gobierno.

 

Empieza acá.

 

En City Bell.

 

En una mujer que vende ropa usada.

 

En un jubilado que intenta desprenderse de algunas cosas.

 

En una madre que necesita volver a su casa con dinero.

 

En un padre que hace cuentas para saber si esa noche alcanza.

 

Antes de preguntarse cómo gobernar a 17 millones de bonaerenses, hay que preguntarse qué hacemos con las 300 familias que tenemos delante.

 

No alcanza con declararse cercano al pueblo.

 

La cercanía se demuestra cuando el pueblo incomoda.

 

Cuando ocupa una plaza.

 

Cuando vende sobre una manta.

 

Cuando necesita trabajar por fuera de los circuitos tradicionales porque la economía formal ya no consigue contenerlo.

 

Ahí aparece la verdadera sensibilidad de un gobierno.

 

EL CABALLO DE AJEDREZ

 

La pobreza argentina tiene una forma cruel de avanzar.

 

Se come como el caballo del ajedrez: salteado.

 

Hoy alcanza para comer.

 

Mañana no.

 

Pasado mañana aparece algún trabajo.

 

Después hay que elegir entre pagar un servicio o llenar la heladera.

 

Se vende una campera.

 

Después una herramienta.

 

Después alguna cosa que estaba guardada.

 

Y así se va sobreviviendo.

 

Desde arriba puede parecer una feria.

 

Desde abajo, muchas veces, es una estrategia de supervivencia.

 

Por eso les pedimos a las autoridades municipales que no miren estas imágenes solamente con los ojos de un código de convivencia.

 

Mírenlas con humanidad.

 

Si hay que ordenar, ordenemos.

 

Si hay que registrar, registremos.

 

Si hay que establecer lugares, horarios y condiciones, hagámoslo.

 

Pero sentémonos primero con esas familias.

 

Escuchémoslas.

 

Construyamos una alternativa.

 

Porque cuando más de 300 familias necesitan salir a vender para sostener su casa, el problema ya no son 300 vendedores.

 

El problema es una sociedad que está diciendo que algo no está funcionando.

 

Y ningún operativo de Orden Público puede solucionar eso.

 

Hay una frase que quienes gobernamos, militamos o aspiramos a representar a otros nunca deberíamos olvidar:

 

El espacio público pertenece a todos. Pero el Estado también.

 

Y cuando un ciudadano tiene hambre, antes que preguntarle dónde puso su manta, deberíamos preguntarle:

 

¿Qué podemos hacer para que mañana no tenga que vender lo último que le queda para poder comer?

 

Juan Ramírez

Vecino y mantero de City Bell