Jueves, 27 de Agosto del 2026

EL BANCO CENTRAL Y EL DÍA QUE EL CONGRESO SE ENFRENTÓ A SÍ MISMO

 EDITORIAL: EL ByANCO CENTRAL Y EL DÍA QUE EL CONGRESO SE ENFRENTÓ A SÍ MISMO

Por Lectura Política  26 de agosto de 2026

 

EMPUJONES, GRITOS Y UNA PREGUNTA QUE QUEDÓ SIN RESPUESTA: ¿QUIÉN TIENE EL PODER DEL DINERO?

En el recinto de la Cámara de Diputados no solo se aprobó una reforma más. Se rompió la contención. Cuando Aldo Leiva intentó acercarse al estrado de Martín Menem, cuando los empujones y los gritos dejaron de ser palabras y pasaron a ser cuerpo contra cuerpo, lo que estalló no fue un conflicto personal. Fue la representación de una fractura profunda: la de un país que no se pone de acuerdo sobre quién debe manejar su dinero.

EL FONDO DEL CONFLICTO: ¿QUÉ SE VOTÓ?

La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central no es un tema técnico reservado a economistas. Es político en su esencia. Porque define quién decide sobre la moneda, la emisión, las reservas y el crédito de todos los argentinos.

Para el diputado Leiva y quienes acompañaban su reclamo, la iniciativa significaba una renuncia del Congreso a sus facultades constitucionales: el Parlamento deja de tener la última palabra sobre la política monetaria y se la entrega a un organismo autónomo, cuyas autoridades son designadas por el Poder Ejecutivo. Es decir: se aleja el control del pueblo, elegido por el pueblo.

Para el presidente Menem y el oficialismo, la reforma es garantía de estabilidad y autonomía: el Banco Central debe estar al margen de las presiones políticas para no financiar déficits ni generar inflación. Es la defensa de la moneda por encima de los gobiernos de turno.

¿QUIÉN TENÍA RAZÓN?

No hay una respuesta única, porque la pregunta tiene dos respuestas válidas que chocan:

Leiva tenía razón en señalar que el Parlamento no puede abdicar su responsabilidad constitucional. El artículo 75 de la Constitución pone en manos del Congreso el poder sobre la moneda, los bancos y el crédito. Restringir esa facultad es, cuanto menos, discutible. Y lo es más cuando el tratamiento se produce con celeridad, sin el debate profundo que una reforma de esta magnitud merece. La prisa nunca es buena consejera cuando se trata de decisiones que marcan el destino de toda una nación.

Menem tenía razón en su rol institucional: conducir la sesión, respetar el reglamento y proclamar el resultado que la mayoría votó. No es su función debatir el fondo del asunto, sino garantizar que el cuerpo se exprese. Si el procedimiento se cumplió, su accionar fue correcto en lo formal.

Pero ninguno de los dos tenía razón en la forma. El empujón, el grito, el intento de llegar físicamente al estrado, degradan la institución. No se gana una discusión constitucional con violencia. Y no se fortalece la democracia ignorando las advertencias de quienes creen que se está cediendo demasiado poder.

LO QUE QUEDA EN PIE

Lo que vimos en el recinto es el síntoma de algo más grande: la Argentina no se pone de acuerdo sobre el rol del Estado, sobre el dinero, sobre quién manda. Unos creen que el Banco Central debe ser independiente del gobierno para cuidar el valor de la moneda. Otros creen que debe responder al pueblo a través de sus representantes elegidos. Ambas posturas son defendibles. Lo que no es defendible es que la discusión termine a empujones.

La reforma del Banco Central seguirá su camino. Seguramente será apelada, discutida, cuestionada. Pero la imagen de dos diputados enfrentándose físicamente quedará como un símbolo: el dinero no es solo economía, es poder. Y cuando el poder se disputa sin acuerdo, el pueblo es el que pierde.

 

El día que el Congreso se enfrentó a sí mismo, nadie ganó. Porque la democracia no se fortalece con gritos ni con empujones. Se fortalece con debate, con respeto y con la convicción de que las diferencias se resuelven con argumentos, no con fuerza.

 

Leiva y Menem son las dos caras de una misma realidad: un país dividido que aún no ha encontrado el punto medio entre autonomía y control, entre estabilidad y soberanía. Esa respuesta no está en el Banco Central. Está en nosotros, en la capacidad de sentarnos a dialogar sin perder el respeto. Mientras no lo logremos, el dinero seguirá perdiendo valor. Y la política también.

 

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