Lunes, 3 de Agosto del 2026

Y si la pregunta no fuera Milei?

 

¿Y si la pregunta no fuera Milei?

Editorial 

Por Santiago Blas

Hay momentos en la historia en los que una sociedad deja de discutir solamente a un dirigente y empieza a discutir un modelo de país. Creo que eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy en la Argentina.

 

Javier Milei llegó a la Presidencia prometiendo algo que durante décadas parecía imposible: terminar con el déficit fiscal, bajar la inflación, reducir el tamaño del Estado y enfrentar privilegios que muchos gobiernos denunciaban, pero pocos se animaban a tocar.

 

Su personalidad divide aguas. Su forma de comunicar genera adhesiones y rechazos. Pero si toda la discusión termina siendo si Milei es simpático o antipático, si está loco o es un genio, estaremos mirando el árbol y no el bosque.

 

Porque hay hechos que merecen ser analizados con objetividad.

 

El Gobierno logró bajar significativamente la inflación respecto del punto de partida. Alcanzó el equilibrio fiscal, redujo ministerios, cerró organismos, revisó programas estatales y comenzó una profunda reorganización del Estado.

 

También modificó el sistema de asistencia social. A través del Ministerio de Capital Humano, muchas organizaciones sociales, cooperativas y movimientos piqueteros dejaron de administrar buena parte de los planes y recursos que durante años distribuyeron entre los sectores más vulnerables. El Gobierno decidió que la ayuda llegara de manera más directa al beneficiario.

 

Para unos, eso significó terminar con un sistema de intermediación política. Para otros, implicó debilitar estructuras sociales que cumplían funciones en los barrios.

 

Pero sería deshonesto contar solamente esa parte.

 

El ajuste fue enorme.

 

Y el principal esfuerzo no lo hizo la política.

 

Lo hizo la sociedad.

 

Lo hicieron los jubilados, los trabajadores, los comerciantes, las pequeñas empresas y millones de familias que vieron caer su poder de compra mientras esperaban que ese sacrificio tuviera un resultado.

 

También es justo reconocer que la continuidad de programas como la Asignación Universal por Hijo y otros mecanismos de asistencia directa ayudaron a contener el impacto social durante los meses más difíciles.

 

En su último discurso, Milei dio un paso más.

 

Planteó que si el Estado vuelve a caer en déficit, quienes primero deberían asumir las consecuencias también sean los funcionarios y la dirigencia política. Es una propuesta que todavía deberá debatirse en el Congreso, pero instala una pregunta incómoda: ¿por qué en cada crisis argentina el esfuerzo siempre empieza por la gente y casi nunca por quienes gobiernan?

 

Sin embargo, el verdadero desafío todavía está por delante.

 

Ordenar las cuentas públicas era una condición necesaria.

 

Pero no suficiente.

 

Ahora debe demostrar que ese orden puede convertirse en crecimiento, empleo, inversión y una mejora concreta en la calidad de vida de los argentinos.

 

Y aquí aparece la pregunta que más me interesa.

 

¿Por qué, después de uno de los ajustes más profundos de la historia reciente, todavía millones de argentinos siguen acompañando al Presidente?

 

Tal vez la respuesta no esté solamente en Milei.

 

Tal vez esté en el cansancio de una sociedad que durante décadas vio pasar gobiernos de todos los colores prometiendo cambios que nunca terminaron de llegar.

 

Quizás muchos argentinos no estén defendiendo a un hombre.

 

Quizás estén defendiendo la posibilidad de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien haya decidido hacer algo distinto.

 

No sabemos si ese camino terminará bien o terminará mal.

 

Todavía es demasiado pronto para escribir esa conclusión.

 

Pero sí sabemos algo.

 

La historia no juzga a los gobiernos por sus discursos.

 

Los juzga por sus resultados.

 

Y será el tiempo, no la pasión política del presente, el que determine si este fue un experimento más o

 el comienzo de una transformación profunda para la Argentina.