Jueves, 20 de Agosto del 2026

VERONELLI ROMPE CON MILEI . ¿UNA RUPTURA PERSONAL O EL SÍNTOMA DE ALGO MÁS GRANDE?

VERONELLI ROMPE CON MILEI ¿UNA RUPTURA PERSONAL O EL SÍNTOMA DE ALGO MÁS GRANDE?

 

Hay decisiones políticas que parecen pequeñas.

 

Un bloque cambia de nombre.

Una concejal se distancia.

Una dirigente deja de utilizar la denominación de un espacio.

Administrativamente, puede parecer apenas una modificación.

Políticamente, puede significar mucho más.

Porque cuando Belén Veronelli decidió abandonar la denominación de La Libertad Avanza y pasar a llamar a su espacio “Libertad y Justicia”, no solamente modificó una identificación institucional.

Hizo explícita una ruptura.

Y, fundamentalmente, puso en palabras algo que empieza a tener una importancia mayor en el escenario político argentino:

la distancia entre la expectativa que construyó el proyecto libertario y la evaluación que algunos de sus propios protagonistas hacen del Gobierno.

Veronelli fue clara.

Dijo:

“Nos sentimos realmente decepcionados”.

La frase merece ser escuchada.

No porque una concejal tenga capacidad para definir por sí sola el rumbo de un gobierno nacional.

Sino porque pertenece a ese conjunto de dirigentes que, en su momento, ayudaron a construir electoralmente la expectativa que llevó a Javier Milei a la Presidencia.

Y ahí aparece el verdadero problema político.

No estamos hablando solamente de una ruptura.

Estamos hablando de una promesa que empieza a ser revisada por quienes alguna vez la defendieron.

LA PROMESA COMO INSTRUMENTO DE PODER

Toda construcción política necesita una promesa.

No necesariamente una promesa escrita.

A veces alcanza con una idea.

Un horizonte.

Una explicación sencilla para problemas complejos.

El fenómeno libertario tuvo, entre otras, una enorme capacidad para construir esa representación.

La Argentina fue presentada como una sociedad atrapada por una estructura política que había convertido al Estado en un instrumento de privilegios.

La palabra que sintetizó ese diagnóstico fue una:

casta.

La casta representaba al político profesional.

Al funcionario.

Al dirigente que permanecía indefinidamente en el poder.

A las estructuras partidarias.

A los privilegios.

A los acuerdos de aquellos que, según el relato libertario, habían utilizado durante décadas al Estado en beneficio propio.

La potencia electoral de esa construcción fue indiscutible.

Porque permitió que una parte importante de la sociedad no votara solamente a favor de un candidato.

Votara en contra de un sistema.

Y cuando una fuerza política consigue representar el rechazo de una sociedad, adquiere una responsabilidad enorme.

Porque ya no alcanza con ganar.

Después hay que demostrar que aquello que se prometió podía convertirse en realidad.

EL PROBLEMA APARECE CUANDO LLEGA EL PODER

La oposición tiene una ventaja.

Puede denunciar.

Puede señalar.

Puede prometer.

Puede construir un diagnóstico.

El gobierno enfrenta otra realidad.

Tiene que decidir.

Tiene que administrar.

Tiene que negociar.

Tiene que elegir prioridades.

Y, sobre todo, tiene que hacerse cargo de las consecuencias.

Ahí es donde muchas veces la política entra en contradicción con su propio discurso.

Porque gobernar obliga a convivir con una realidad mucho más compleja que la de una consigna electoral.

Y eso no es patrimonio de un gobierno determinado.

Es una característica de cualquier sistema democrático.

El problema aparece cuando la distancia entre el discurso utilizado para llegar al poder y las decisiones adoptadas desde el poder se vuelve demasiado grande.

Entonces aparece el desencanto.

Y el desencanto es políticamente peligroso.

Porque la decepción de un adversario puede ser ignorada.

Pero la decepción de alguien que alguna vez fue parte del proyecto tiene otra dimensión.

“NOSOTROS TAMBIÉN CREÍMOS”

Hay otra frase de Veronelli que resulta todavía más significativa.

“Nosotros también creímos que esto iba a cambiar”.

Ahí está el núcleo de la discusión.

Porque no solamente está hablando de ella.

Está hablando de una parte de la sociedad.

De personas que votaron convencidas de que el país necesitaba una transformación profunda.

De ciudadanos que aceptaron acompañar un proyecto porque consideraban que el sistema tradicional había fracasado.

De argentinos que estaban dispuestos a esperar resultados.

Y aquí aparece una diferencia fundamental entre una elección y un contrato social.

El ciudadano puede votar una propuesta.

Pero no está obligado a sostenerla eternamente.

El voto no elimina el derecho a criticar.

No elimina el derecho a exigir resultados.

No elimina el derecho a sentirse defraudado.

Y tampoco elimina la responsabilidad de quienes ayudaron a construir esa expectativa.

LA AUTOCRÍTICA TAMBIÉN ES POLÍTICA

Hay algo que debe reconocerse.

Veronelli no solamente cuestiona al Gobierno.

También se incluye dentro de la reponsabilidad.

Cuando admite que ella y su equipo defendieron un modelo y que muchas de las expectativas no se cumplieron, introduce un elemento que no abunda demasiado en la política argentina:

la autocrítica.

Puede discutirse si llega tarde.

Puede discutirse si es suficiente.

Puede discutirse si detrás existe una nueva estrategia electoral.

Todo eso es legítimo.

Pero reconocer que se participó en la construcción de una expectativa también significa reconocer que existe una responsabilidad política.

Y eso debería ser una regla mucho más frecuente.

Porque en Argentina los dirigentes suelen tener una particular facilidad para explicar por qué perdieron.

Casi nunca para explicar qué parte de responsabilidad tuvieron en aquello que sucedió.

LA CASTA COMO ESPEJO

Y después está la palabra que vuelve una y otra vez:

casta.

El Gobierno construyó buena parte de su identidad alrededor de combatirla.

Por eso resulta inevitable analizar la acusación de Veronelli cuando sostiene que quienes prometieron terminar con la casta terminaron incorporándola.

No se trata de afirmar que toda incorporación política sea necesariamente negativa.

Un gobierno necesita construir mayorías.

Necesita acuerdos parlamentarios.

Necesita funcionarios.

Necesita gobernabilidad.9

La democracia no funciona mediante gobiernos aislados.

Pero existe una diferencia entre construir gobernabilidad y abandonar una identidad política.

Y esa diferencia es precisamente la que hoy genera discusión.

Porque cuando una fuerza llega al poder prometiendo terminar con determinadas prácticas y posteriormente comienza a convivir con ellas, el interrogante deja de ser ideológico.

Pasa a ser institucional.

¿Qué quedó de aquella promesa?

NO ES SOLAMENTE VERONELLI

Y aquí está, quizás, el aspecto más importante.

El caso Veronelli no debería ser leído únicamente como la decisión personal de una concejal de Junín.

Sería demasiado pequeño.

La verdadera discusión es si su ruptura expresa un fenómeno más amplio.

Si existen otros dirigentes que empiezan a preguntarse lo mismo.

Si existe una parte del electorado libertario que continúa respaldando al Gobierno.

Si existe otra que comienza a tomar distancia.

Y, fundamentalmente, si el oficialismo interpreta correctamente ese fenómeno.

Porque una cosa es perder dirigentes.

Otra, mucho más grave, es perder representación social.

Los dirigentes pueden cambiar de partido.

Los bloques pueden cambiar de nombre.

Las alianzas pueden modificarse.

Pero cuando una sociedad empieza a sentir que ninguna fuerza política expresa aquello que esperaba, aparece un problema mucho más profundo.

La crisis de representación.

EL VOTO NO ES PROPIEDAD DEL DIRIGENTE

Existe una equivocación frecuente en la política argentina.

Creer que los votos pertenecen a los dirigentes.

No.

Los votos pertenecen a los ciudadanos.

Un dirigente puede ayudar a construir una propuesta.

Puede recorrer barrios.

Puede militar una candidatura.

Puede defender una gestión.

Pero cuando llega el momento de votar, el ciudadano decide.

Y cuando llega el momento de evaluar, vuelve a decidir.

Por eso ningún espacio político debería considerar que el ciudadano que lo acompañó electoralmente se convirtió automáticamente en un militante permanente.

La representación política es dinámica.

Se construye.

Se conserva.

Y también puede perderse.

EL DÍA DESPUÉS DE LA ESPERANZA

Quizás el verdadero desafío del Gobierno no sea responderle a Belén Veronelli.

Ni siquiera responderle a quienes abandonan el espacio.

El verdadero desafío es responderle a quienes todavía están esperando.

Porque la política puede soportar una crítica.

Puede soportar una ruptura.

Puede soportar incluso una derrota.

Lo que difícilmente soporta es una pérdida prolongada de confianza.

Y la confianza no se recupera con discursos.

Se recupera con resultados.

La sociedad puede aceptar sacrificios si entiende para qué sirven.

Puede aceptar dificultades si observa un horizonte.

Puede aceptar errores si percibe capacidad de corregirlos.

Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es descubrir que aquello que se prometió como una transformación termina reproduciendo algunas de las mismas prácticas que se habían prometido eliminar.

LA PREGUNTA QUE QUEDA

Por eso, quizás la noticia no sea que una concejal cambió el nombre de su bloque.

La noticia política es que una dirigente que acompañó el proyecto libertario hoy dice:

“Nos sentimos decepcionados”.

Y detrás de esa frase aparece una pregunta que no tiene respuesta partidaria.

No es una pregunta de izquierda.

No es una pregunta de derecha.

No es una pregunta peronista.

No es una pregunta libertaria.

Es una pregunta democrática.

¿Qué ocurrió con aquello que se prometió?

Porque la política puede cambiar de nombres.

Puede cambiar de dirigentes.

Puede cambiar de alianzas.

Pero hay algo que no puede cambiar:

la memoria de los ciudadanos.

Los argentinos votaron esperando un cambio.

Algunos todavía creen que ese cambio está en marcha.

Otros empiezan a pensar que fueron defraudados.

Y otros, probablemente, todavía están esperando una respuesta.

La historia política de los próximos años no se va a definir solamente por quién gane una elección.

Se va a definir por algo mucho más profundo:

quién consiga volvelr a convencer a una sociedad que aprendió, muchas veces de la peor manera, que prometer es fácil y gobernar es otra cosa.

Porque cuando la promesa se encuentra con el poder, llega inevitablemente el momento de rendir cuentas.

Y esta vez, el espejo no está solamente frente a Veronelli.

Está frente a todos.