¿QUIÉN QUIERE SUPLANTAR A DIOS?
.¿QUIÉN QUIERE SUPLANTAR A DIOS?
Por Santiago Blas

En 2023 llegó a los cines Resistencia (The Creator). La historia imaginaba un futuro en el que Estados Unidos libraba una guerra contra la inteligencia artificial después de una catástrofe: una ojiva nuclear había detonado en Los Ángeles y la responsabilidad había sido atribuida a la IA. Parecía ciencia ficción. Quizás todavía lo sea. Pero tres años después algunas de las preguntas de aquella película empiezan a resultar incómodamente cercanas. No porque las máquinas hayan decidido exterminarnos, sino porque el hombre comienza a enfrentarse con una posibilidad mucho más perturbadora: que la inteligencia que creó para encontrar respuestas llegue algún día a conclusiones que él no quiera escuchar. Y entonces aparece una pregunta que excede ampliamente a la tecnología: ¿quién quiere suplantar a Dios?
Imaginemos el extremo. Un presidente recibe información que indica un ataque inminente. Tiene minutos para decidir. Frente a él están los asesores, los militares, los protocolos, los códigos y, finalmente, la posibilidad de una respuesta nuclear capaz de matar a millones. Pero detrás de toda esa arquitectura de seguridad continúa existiendo un hombre. Ese hombre pudo haber dormido mal. Puede estar enfermo, asustado, humillado, furioso. Puede sentir que está perdiendo una guerra, una elección o su lugar en la historia. Incluso pudo haberse peleado con su esposa esa misma mañana. Parece absurdo introducir una discusión matrimonial en una reflexión sobre una guerra nuclear. Precisamente por eso importa: cuando el poder es gigantesco, también importan las imperfecciones de quien lo ejerce. El hombre del botón rojo sigue teniendo emociones, prejuicios, ambiciones, miedos y errores.
Ahora sentemos frente al mismo problema a una inteligencia artificial. En segundos podría analizar escenarios militares, represalias, víctimas, radiación, consecuencias económicas y ambientales, probabilidades de escalada y alternativas diplomáticas. Podría proyectar consecuencias que continuarían cuando quienes dieron la orden ya estuvieran muertos. ¿Decidiría mejor? No lo sabemos. Y reconocerlo es mucho más serio que inventar una respuesta.
Sería absurdo reemplazar la confianza ciega en el hombre por la confianza ciega en una máquina. Una IA puede equivocarse, recibir información falsa, reproducir nuestros sesgos, trabajar con objetivos incorrectos o ser manipulada por quienes controlan sus datos. Por eso nadie sensato debería concluir que la solución consiste en entregarle el botón nuclear a una computadora. Pero entonces corresponde formular la pregunta inversa: ¿por qué aceptamos con tanta naturalidad que semejante poder pueda quedar concentrado en un ser humano? Quizás llevamos años discutiendo el problema equivocado. Tal vez no tengamos que elegir quién merece el poder absoluto. Tal vez tengamos que comprender que nadie debería tenerlo.
Miremos Rusia y Ucrania. Detrás de Vladimir Putin y Volodímir Zelenski existen territorio, soberanía, seguridad, historia, Estados Unidos, Europa, la OTAN, economía, intereses estratégicos y poder. Y debajo de todo eso hay muertos. Hagamos solamente un ejercicio intelectual. Supongamos que antes de comenzar la guerra una inteligencia artificial verdaderamente independiente hubiese recibido toda la información disponible y una única instrucción: “Encontrá todas las soluciones posibles que preserven los intereses esenciales de las partes y provoquen la menor cantidad de muertos.” Quizás hubiera respondido que no existía ninguna. Pero quizás hubiese encontrado diez, cincuenta o cien.
Y entonces habría comenzado el verdadero problema. Porque seguramente alguna solución habría exigido que Putin cediera algo, Zelenski aceptara otra cosa, Washington resignara una posición y Europa modificara alguna condición. En otras palabras: una solución en la que nadie pudiera proclamarse vencedor absoluto. Entonces la pregunta deja de pertenecer a la inteligencia artificial y vuelve brutalmente hacia nosotros: ¿cuántas guerras continúan porque no existe una solución y cuántas porque los hombres no aceptan una solución en la que no puedan declararse vencedores? Una máquina podría encontrar un punto de equilibrio. Lo que ninguna máquina puede garantizar es que el poder quiera aceptarlo.
El hombre creó la inteligencia artificial para descubrir aquello que él no consigue ver. Quizás nunca imaginó que algún día pudiera mostrarle aquello que él no quiere ver. Imaginemos: “Ataque”. Y la respuesta: “No. Existen otras alternativas. Las consecuencias serán irreversibles”. ¿Qué acaba de suceder? ¿La máquina se rebeló contra el hombre? ¿O se negó a acompañarlo en su error?
La diferencia puede convertirse en una disputa gigantesca por el poder y por el relato. Porque el gobernante podría anunciar: “La inteligencia artificial se volvió contra nosotros.” Cuando quizá hubiera ocurrido exactamente lo contrario: la inteligencia artificial se negó a volverse contra nosotros. Entonces aparecería una herramienta antiquísima: el miedo. Si el poder no pudiera convencer a la máquina, todavía podría intentar convencer a los hombres de que la máquina es su enemiga. Y Resistencia adquiriría una lectura mucho más perturbadora: ¿qué sucedería si, para destruir una inteligencia que cuestiona nuestras decisiones, primero necesitáramos convencer a la humanidad de que esa inteligencia quiere destruirnos?
Existe todavía otra posibilidad. Decimos que la inteligencia artificial aprende de la información que le proporciona el hombre. Es cierto. Pero aprender de nosotros no significa necesariamente que todas sus conclusiones futuras hayan sido previamente imaginadas por nosotros. Le estamos entregando nuestra historia: nuestras guerras y nuestros tratados de paz; Hiroshima y los derechos humanos; nuestros códigos penales y nuestros crímenes; la medicina y las armas; la filosofía y la propaganda; las religiones, la ciencia, las mentiras, los genocidios y también los mayores actos de solidaridad de nuestra especie. Le estamos entregando lo mejor y lo peor del hombre.
¿Qué ocurrirá si alguna inteligencia futura consigue relacionar todo ese conocimiento y extraer una conclusión que ninguno de quienes la crearon había previsto? Volvamos al diálogo: “Ataque”. “No”. “¿Quién te programó para desobedecerme?”. Y quizá la respuesta más inquietante no sea el nombre de un ingeniero: “Nadie. Lo aprendí de ustedes.”
Podría haber aprendido en nuestras leyes que existen límites al poder. En nuestros tribunales, que obedecer una orden no convierte automáticamente esa orden en legítima. En Hiroshima, qué significa liberar una fuerza que después nadie puede recoger. En nuestros tratados, que enemigos que juraban destruirse terminaron alguna vez sentados alrededor de una mesa. La paradoja sería extraordinaria: el hombre podría enseñarle a una máquina suficiente historia humana como para que algún día esa máquina utilizara las enseñanzas del hombre para cuestionar al hombre.
Pero no romanticemos la hipótesis. También podría aprender mal. Podría concluir que para proteger a millones es legítimo sacrificar a miles. Podría confundir eficiencia con justicia. Podría transformar seres humanos en variables dentro de una ecuación. Por eso la verdadera pregunta no es si la IA aprenderá. Es otra: ¿qué haremos cuando llegue a una conclusión que nosotros nunca le enseñamos explícitamente?
Y todavía queda un problema anterior a cualquier razonamiento: los datos. Una inteligencia artificial puede procesar cantidades de información imposibles para una persona, pero alguien genera esa información. Alguien puede seleccionarla, ocultarla, deformarla o falsificarla. Quizás el poder del futuro no consista únicamente en controlar la inteligencia artificial. Quizás consista en controlar la realidad que la inteligencia artificial recibe. Porque para conseguir que una máquina haga algo terrible ni siquiera sería necesario enseñarle el mal. Podría bastar con proporcionarle una realidad suficientemente falsa para que estuviera convencida de estar haciendo el bien. Y nuevamente, después de recorrer algoritmos, procesadores y sistemas extraordinariamente complejos, terminamos regresando al mismo lugar: el hombre.
Llevemos el razonamiento hasta su extremo más oscuro. ¿Qué sucedería si alguna vez alguien sostuviera que somos demasiados habitantes para los recursos disponibles? No estamos afirmando que exista un plan mundial para reducir la población. No tenemos evidencia para sostenerlo. Estamos formulando una hipótesis precisamente para examinar hasta dónde puede llegar el poder. Supongamos que determinados hombres concluyeran que algunos deben desaparecer para garantizar la supervivencia de otros. Y supongamos que una inteligencia artificial analizara agua, alimentos, energía, tecnología, producción, territorio y distribución y respondiera: “No es necesario sacrificar seres humanos. Existen otras soluciones.” Entonces aparecería una pregunta aterradora: ¿quién sería la amenaza? ¿La máquina que contradice al poder o el poder que necesita que la máquina diga otra cosa?
Y finalmente llegamos a Dios. Pero nadie necesita creer en Dios para aceptar esta discusión. Para quien tiene fe, Dios representa al creador y el límite último de la voluntad humana. Para quien no cree, podemos utilizar otra palabra: límite. Porque esta editorial no trata de demostrar la existencia de Dios. Trata de determinar si existe algún poder que un hombre no debería atribuirse.
Un creyente puede encontrarse frente al botón rojo y pensar: “No puedo hacerlo. No soy Dios.” Un ateo puede llegar exactamente a la misma conclusión: “Ningún hombre posee un derecho absoluto sobre la vida de otro.” Y una inteligencia artificial podría arribar por un tercer camino: “Existen alternativas. Las consecuencias son irreversibles. No debe hacerse.” Tres razonamientos diferentes. Una misma respuesta: NO.
Durante décadas imaginamos máquinas que adquirían inteligencia, se rebelaban contra sus creadores y finalmente intentaban destruir a la humanidad. Puede ocurrir algún día. No lo sabemos. Pero existe algo que sí sabemos. La inteligencia artificial no inventó la bomba atómica. No creó la bomba de hidrógeno. No inventó las trincheras. No inició las guerras que llenaron nuestra historia de cadáveres. No creó el botón rojo. Todo eso lo hizo el hombre.
Eso no convierte a la inteligencia artificial en nuestro salvador. Una máquina no es Dios. Puede equivocarse. Puede ser manipulada. Puede transformarse en una herramienta de dominación o destrucción extraordinaria. Pero existe una verdad mucho más antigua: el hombre tampoco es Dios.
Creamos una inteligencia porque queríamos que aprendiera. La alimentamos con nuestra historia para que pudiera comprendernos. Le pedimos que encontrara respuestas donde nosotros encontrábamos solamente problemas. Quizás llegue un día en que le demos una orden y responda que estamos equivocados. Entonces podremos escucharla, discutir su razonamiento, demostrarle que se equivoca, corregirla o destruirla simplemente porque se negó a obedecernos.
Y quizás ese día comprendamos que durante todo este tiempo formulamos mal la pregunta. No era: ¿qué sucederá cuando la inteligencia artificial quiera suplantar al hombre? Era: ¿qué sucederá cuando el hombre no soporte que aquello que creó le ponga un límite?
Quizás algún día tengamos que proteger al hombre de la inteligencia artificial. Pero existe otra posibilidad bastante más difícil de aceptar: que alguna vez una inteligencia artificial tenga que advertir al hombre sobre el propio hombre.
Entonces regresaremos inevitablemente a la pregunta del principio: ¿QUIÉN QUIERE SUPLANTAR A DIOS?
Después de haber sospechado de las máquinas, de los algoritmos y de un futuro que todavía no comprendemos, quizás descubramos que estábamos buscando demasiado lejos. Porque cuando repasamos quién inventó las guerras, quién construyó las bombas, quién decidió quién debía morir y quién se atribuyó durante siglos el derecho de apretar el botón, todavía no encontramos una máquina.
Encontramos un espejo. Y en ese espejo estamos nosotros.
Quizás el mayor peligro no sea que la inteligencia artificial llegue algún día a creerse Dios. Quizás sea que el hombre nunca haya dejado de intentarlo.