Miércoles, 22 de Julio del 2026

LOS SINDICATOS NO TIENEN DUEÑO!!!!

LOS SINDICATOS NO TIENEN DUEÑO

Por Santiago Blas –

Director de Lectura Política.

Hay editoriales que nacen de una noticia. Y hay otras que nacen de la indignación.

Esta es una de ellas.

En los últimos días vimos cómo distintos medios titularon la elección del Sindicato de Trabajadores Municipales de La Matanza como si se tratara de una elección partidaria. "El kirchnerismo le ganó al aparato de Espinoza". "Kicillof derrotó al Movimiento Derecho al Futuro". "La Cámpora se quedó con el sindicato". Y mientras leía esos títulos, me preguntaba si quienes los escribieron, o quienes festejaban esos resultados, alguna vez entendieron para qué existe un sindicato.

Porque, sinceramente, da la impresión de que no entendieron absolutamente nada.

Un sindicato no es una unidad básica.

No es un comité.

No es un local partidario.

No es una agrupación política.

Un sindicato es una institución creada para defender los derechos de los trabajadores. De todos los trabajadores. Sin importar si votan al peronismo, al radicalismo, al PRO, a La Libertad Avanza, al socialismo o si no militan en absolutamente nada.

El salario no tiene ideología.

La estabilidad laboral no tiene ideología.

Las condiciones de trabajo no tienen ideología.

El derecho a un convenio colectivo digno tampoco.

Entonces, ¿cómo puede alguien salir a decir con orgullo que "el kirchnerismo ganó el sindicato"?

¿Desde cuándo un sindicato tiene dueño político?

Lo más preocupante no es quién ganó una elección. Lo preocupante es la concepción que algunos dirigentes tienen de las instituciones. Creen que porque obtuvieron una mayoría circunstancial se apropiaron de una organización que pertenece a miles de trabajadores.

Y eso es un gravísimo error.

Los 939 votos obtenidos por una lista le dieron la conducción del gremio.

No le dieron la propiedad del sindicato.

No le dieron el derecho de ponerle un sello partidario.

No le dieron autorización para gobernar solamente para quienes piensan igual.

Porque enfrente hubo otros 582 trabajadores que eligieron otra alternativa.

Y además existen miles de municipales que ni siquiera participaron de esa elección y que, sin embargo, también tienen derecho a sentirse representados.

La democracia no consiste únicamente en ganar una votación.

La democracia consiste en representar incluso a quienes no te votaron.

Ese parece ser el concepto que algunos todavía no lograron comprender.

Y allí aparece el verdadero problema de la Argentina.

Nos acostumbramos a creer que todo tiene dueño.

Que el Estado pertenece al gobierno.

Que los municipios pertenecen a los intendentes.

Que las universidades pertenecen a los rectores.

Que los clubes pertenecen a sus presidentes.

Y ahora también quieren convencernos de que los sindicatos pertenecen al partido político que ganó una elección interna.

No.

Las instituciones no tienen dueño.

Tienen administradores circunstanciales.

Y esos administradores tienen una enorme obligación: cuidar aquello que pertenece a todos.

El sindicalismo argentino construyó una historia enorme porque supo representar al conjunto de los trabajadores. Esa fue su fortaleza. Su legitimidad no provenía de una agrupación política sino de la confianza de quienes todos los días salían a trabajar.

Por eso resulta preocupante observar cómo algunos dirigentes jóvenes parecen creer que conducir un sindicato es conquistar un territorio para su espacio político.

No entendieron nada.

Un dirigente sindical no está para defender a un gobernador.

No está para defender a un intendente.

No está para defender a un presidente.

Está para defender al trabajador.

Y cuando esos intereses entran en conflicto, el dirigente sindical debe elegir siempre al trabajador.

Siempre.

Porque esa es la razón por la que existe un gremio.

Si un sindicato empieza a discutir más cargos políticos que salarios...

Si dedica más tiempo a las internas partidarias que a los convenios colectivos...

Si habla más de quién ganó una elección que de cómo mejorar las condiciones laborales...

Entonces deja de ser sindicato para transformarse en otra cosa.

Y eso termina perjudicando a quienes verdaderamente importan.

Los trabajadores.

Por eso, cuando algunos festejan diciendo que ganó el kirchnerismo, que perdió Espinoza o que avanzó determinada agrupación, yo tengo otra lectura.

Perdieron los trabajadores.

Porque el debate dejó de ser cómo mejorar la vida de los municipales para convertirse en una competencia entre aparatos políticos.

Y cuando un sindicato deja de hablar de trabajadores para hablar solamente de política, pierde su esencia.

Quiero recordar a uno de los grandes nombres del sindicalismo municipal argentino: Jerónimo Izetta. Un hombre que entendía que la función de un gremio era proteger a quienes todos los días sostenían el funcionamiento del Estado con su trabajo.

Si pudiera ver cómo algunos dirigentes convierten una elección sindical en un trofeo partidario, seguramente sentiría una enorme decepción. Porque el sindicalismo no nació para repartir poder político. Nació para conquistar derechos.

Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo.

Los dirigentes deben comprender que el sindicato no les pertenece.

Pertenece al barrendero.

Al administrativo.

Al chofer.

Al enfermero.

Al empleado de mantenimiento.

Al inspector.

Al trabajador que abre todos los días la puerta del municipio para prestar un servicio a la comunidad.

Ellos son los verdaderos dueños de la institución.

No los partidos políticos.

No los intendentes.

No los gobernadores.

Ni los dirigentes de turno.

Ojalá esta elección sirva para reflexionar sobre algo mucho más importante que una victoria circunstancial.

Porque los gobiernos pasan.

Los dirigentes pasan.

Las agrupaciones cambian de nombre.

Pero las instituciones permanecen.

Y cuando una institución deja de ser de todos para transformarse en patrimonio de una facción, comienza el camino de su decadencia.

Los sindicatos no son del kirchnerismo. No son del espinozismo. No son del mileísmo. No son de ningún partido político. Los sindicatos son, y deben seguir siendo, de los trabajadores. Y el dirigente que olvida ese principio podrá ganar una elección, pero habrá perdido el verdadero sentido de representar a quienes le confiaron esa enorme responsabilidad.