LOS FANTASMAS DEL CONGRESO: CUANDO LAS BANCAS VACÍAS HABLAN MÁS QUE LOS DISCURSOS
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Por EL FANTASMA DE TOLOSA
Hay imágenes que explican una época mejor que cualquier discurso. Una de ellas es la de un recinto semivacío en el momento exacto en que la ciudadanía espera respuestas. No se trata de una cuestión partidaria. No importa si se es oficialista, opositor, dialoguista, libertario, radical, peronista o de izquierda. La pregunta es mucho más simple y mucho más profunda: ¿qué ocurre cuando quienes fueron elegidos para controlar al poder deciden no estar presentes?
La democracia no consiste únicamente en votar cada dos o cuatro años. La democracia también implica control, transparencia, debate y rendición de cuentas. Los ciudadanos delegan poder en sus representantes para que estos legislen, supervisen y exijan explicaciones cuando sea necesario. Esa es una de las bases fundamentales del sistema republicano.
Sin embargo, en demasiadas oportunidades la política argentina parece haber desarrollado una habilidad especial para esquivar los momentos incómodos. Cuando hay campañas electorales abundan las promesas. Cuando hay actos partidarios abundan los discursos. Cuando hay cámaras abundan las declaraciones grandilocuentes. Pero cuando llega la hora de preguntar, investigar o exigir explicaciones, muchas veces aparecen las ausencias.
Y las ausencias también comunican.
Una banca vacía no es solamente una silla sin ocupar. Es una decisión política. Es una señal. Es un mensaje que la sociedad interpreta. Porque mientras millones de argentinos cumplen horarios, enfrentan obligaciones y responden por sus actos todos los días, resulta inevitable preguntarse por qué quienes ocupan los cargos más importantes del país no siempre muestran la misma predisposición cuando se trata de asumir responsabilidades institucionales.
El trabajador no puede ausentarse de su empleo sin consecuencias. El comerciante no puede cerrar su negocio durante semanas esperando que los problemas se resuelvan solos. El médico debe estar cuando un paciente lo necesita. El docente debe estar frente a sus alumnos. El policía debe estar cuando la comunidad reclama seguridad. La inmensa mayoría de los argentinos enfrenta diariamente obligaciones concretas y consecuencias reales.
Por eso la sociedad observa con creciente desconfianza a una dirigencia que muchas veces parece vivir bajo reglas distintas.
La crisis de representación que atraviesa la Argentina no nació de un día para otro. Es el resultado de años de promesas incumplidas, privilegios mal explicados, discusiones alejadas de los problemas reales y una sensación permanente de distancia entre los dirigentes y los ciudadanos. Cada vez que la política parece priorizar sus propios intereses por encima de las demandas de la sociedad, esa brecha se agranda un poco más.
No se trata de exigir perfección. Los funcionarios son seres humanos y los legisladores pueden equivocarse. Lo que la ciudadanía reclama es algo mucho más elemental: presencia, compromiso y explicaciones. Cuando una sociedad atraviesa dificultades económicas, incertidumbre laboral, inflación, inseguridad o pérdida de poder adquisitivo, la respuesta no puede ser el silencio. Tampoco puede ser la indiferencia.
La democracia necesita dirigentes dispuestos a debatir incluso cuando las preguntas son incómodas. Necesita representantes capaces de sostener sus posiciones frente a quienes piensan distinto. Necesita legisladores que entiendan que ocupar una banca no es un privilegio personal sino una responsabilidad pública.
Quizás el problema más grave no sea una ausencia puntual. Quizás el verdadero problema sea la naturalización de las ausencias. Cuando la sociedad deja de sorprenderse porque los representantes no están donde deberían estar, el deterioro institucional ya comenzó.
Los argentinos tienen derecho a preguntar. Tienen derecho a exigir explicaciones. Tienen derecho a saber cómo se toman las decisiones que afectan sus vidas. Y quienes ejercen funciones públicas tienen la obligación de responder.
Porque la política puede sobrevivir a una crítica. Puede sobrevivir a un debate. Puede sobrevivir a una investigación. Lo que no debería permitirse es sobrevivir a costa de la indiferencia.
Al final del día, las palabras se las lleva el viento. Los discursos pasan. Las campañas terminan. Las promesas se olvidan.
Pero las imágenes permanecen.
Y pocas imágenes son tan contundentes como la de una banca vacía cuando la ciudadanía espera respuestas.
Porque las ausencias también hablan.
Y muchas veces hablan más fuerte que los discursos.