Lunes, 24 de Agosto del 2026

LO SUBIERON TANTO QUE SE LES CAYÓ

LO SUBIERON TANTO, QUE SE MAREÓ

El pícaro de Córdoba, el micrófono abierto y una lengua que terminó jugando en contra

Hay tipos que hacen de la picardía una forma de vida. Rápidos para el chascarrillo, hábiles para la frase filosa y siempre dispuestos a mandar al frente a otro mientras ellos se quedan cómodamente del otro lado del mostrador. Durante años, el pícaro de Córdoba supo moverse en ese terreno: comentario al oído, información reservada, chiste con veneno y una lengua que parecía no tener freno. Hasta que un día el micrófono quedó abierto.

Y ahí se terminó el chiste.

Porque cuando una persona queda registrada diciendo que “algo le vamos a sacar”, la frase deja de ser una ocurrencia privada y empieza a generar preguntas. ¿Algo qué? ¿A quién? ¿A cambio de qué? Y si en la conversación aparece además la referencia a un sobre, la situación adquiere una dimensión política que ya no se puede esconder debajo de la alfombra. No hace falta agregarle demasiado. Las palabras están ahí. La grabación está ahí. El micrófono estaba abierto y la lengua hizo el resto.

Lo curioso es que durante mucho tiempo la palabra fue precisamente su herramienta. Con chascarrillos mandaba al frente a cualquiera, soltaba frases como quien no quiere la cosa y jugaba con la información ajena como si nunca fuera a llegarle el turno. Pero la política tiene una costumbre bastante desagradable para los que se creen vivos: tarde o temprano devuelve la misma moneda.

Y esta vez la moneda volvió.

Lo subieron tanto que se mareó. Le dieron escenario, candidatura, micrófonos, cámaras y expectativas. Lo pusieron en un lugar desde donde seguramente creyó que podía decir, insinuar o sugerir sin que las consecuencias lo alcanzaran. Pero hay una diferencia enorme entre tener poder y sentirse intocable. Cuando alguien empieza a confundirse con el lugar que ocupa, suele cometer el error más viejo de la política: hablar de más.

Y habló.

No hizo falta que un adversario le inventara una historia. No hizo falta que nadie le pusiera palabras en la boca. No hizo falta perseguirlo para encontrarle una contradicción. El micrófono quedó abierto y él mismo aportó el material. La lengua, que tantas veces había utilizado para señalar a otros, esta vez se convirtió en el testigo incómodo de sus propias palabras.

Por eso, si ahora aparece el pedido de renuncia, la renuncia es apenas la consecuencia política de algo mucho más importante. El verdadero problema empezó antes: en esa conversación, en esas expresiones y en todo lo que esas palabras inevitablemente hicieron preguntar. Porque cuando un dirigente queda atrapado en una grabación hablando de “sacar algo” y aparece la mención de un sobre, ya no alcanza con hacerse el distraído. La política podrá discutir el contexto, las interpretaciones y las responsabilidades, pero hay algo que no se puede discutir: el micrófono estaba abierto y las palabras fueron pronunciadas.

Y entonces aparece la ironía.

El que durante tanto tiempo expuso a otros terminó expuesto. El que utilizó la lengua como arma terminó herido por su propia lengua. El que creyó que podía manejar la información terminó convertido en noticia. Y el que tantas veces mandó a otros al frente terminó llegando él mismo a la primera línea.

Así funciona la política cuando decide pasar la factura.

Quizás creyó que todavía estaba jugando con chascarrillos. Pero esta vez el chascarrillo salió caro. Porque una cosa es hablar cuando nadie escucha y otra muy distinta es descubrir, después, que el micrófono nunca estuvo cerrado.

Y ahí se terminó la picardía.

Lo subieron tanto que se mareó. Cuando perdió el piso, nadie tuvo que empujarlo. Se cayó solo.

Su lengua, aquella que durante tanto tiempo utilizó para señalar, insinuar y mandar al frente, terminó haciendo exactamente lo que menos esperaba: lo puso a él frente al espejo.

Y la cuenta, esta vez, no la pasó otro.

La pasó su propia lengua.

El micrófono cobró. La política recibió la factura. Y el pícaro de Córdoba se quedó sin chascarrillo.