Lunes, 10 de Agosto del 2026

ATENAS: ABAD BUSCÓ MOSTRAR UNA UCR UNIFICADA Y VOLVIÓ A EXPONER SUS FRACTURAS

ATENAS: ABAD BUSCÓ MOSTRAR UNA UCR UNIFICADA Y VOLVIÓ A EXPONER SUS FRACTURAS

 

La Convención Provincial realizada en La Plata debía cerrar años de enfrentamientos internos. Sin embargo, terminó con un sector abandonando el recinto y denunciando concentración de poder. La Junta Electoral fue apenas el detonante: detrás del portazo reapareció una vieja disputa por la conducción territorial del radicalismo bonaerense y una pregunta incómoda para Maximiliano Abad: ¿logró conducir hacia la unidad o profundizó las divisiones existentes?

 

La Unión Cívica Radical bonaerense llegó al Club Atenas de La Plata con un objetivo político claro: demostrar que finalmente había logrado ordenar su estructura interna.

 

Tras años de internas, impugnaciones, judicializaciones y enfrentamientos que atravesaron al partido, la Convención Provincial debía representar el inicio de una nueva etapa.

 

Sin embargo, la imagen final distó de ese propósito.

 

El sector Construir, referenciado en Miguel Fernández e integrado por dirigentes como Pablo Juliano y Alejandra Lordén, se retiró de la Convención en medio de una fuerte discusión por la conformación de la Junta Electoral partidaria.

 

La frase con la que justificaron su salida fue más significativa que el propio cargo en disputa:

 

“La UCR no tiene dueños.”

 

¿Se quebró entonces la unidad radical?

 

Quizás la pregunta no sea del todo precisa.

 

Porque para que una unidad se rompa, primero debe haber existido plenamente.

 

Y lo ocurrido en Atenas vuelve a evidenciar que los acuerdos institucionales lograron distribuir espacios, pero no resolvieron una disputa política de fondo que persiste desde hace años.

 

ABAD: PODER, CONDUCCIÓN Y TENSIÓN INTERNA

 

Maximiliano Abad es una figura central en la historia reciente de la UCR bonaerense.

 

Consolidó estructura, acumuló territorialidad, presidió el Comité Provincia y posteriormente accedió al Senado de la Nación. Su espacio mantiene una fuerte influencia dentro del partido, y el actual presidente del Comité bonaerense, Emiliano Balbín, pertenece a su sector.

 

Su capacidad de construcción de poder no está en discusión.

 

Lo que sí se debate —y sus críticos internos lo señalan desde hace tiempo— es el modo en que ejerció ese poder.

 

En torno a su liderazgo se repite una constante difícil de ignorar: cada intento de ordenar definitivamente al radicalismo bonaerense termina dejando nuevos sectores enfrentados, dirigentes en desacuerdo y heridas abiertas.

 

Sus opositores internos le atribuyen errores estratégicos en materia electoral.

 

Cuestionan sus negociaciones.

 

Lo responsabilizan por derrotas.

 

Algunos incluso lo definen de manera contundente como “el mariscal de la derrota”.

 

Pero el cuestionamiento más profundo es otro.

 

Se le reprocha no haber cedido poder incluso tras resultados adversos y haber priorizado el control de la estructura por sobre la construcción de una unidad partidaria real.

 

Atenas volvió a colocar esa discusión en el centro de la escena.

 

UNA DISPUTA QUE NO COMENZÓ EL SÁBADO

 

Pablo Juliano no aparece de manera circunstancial en este conflicto.

 

Su enfrentamiento con el esquema que lidera Abad tiene antecedentes claros.

 

En este contexto también resulta relevante mencionar a Facundo Manes.

 

Manes encabezó durante años una de las principales tensiones internas contra las estructuras tradicionales del radicalismo bonaerense. Posteriormente se distanció de la vida orgánica del partido y conformó su propio espacio, Para Adelante.

 

Por ello, no resulta llamativo que hoy no dispute espacios formales dentro del Comité Provincia.

 

Juliano, en cambio, optó por otro camino.

 

Permanece dentro de la Unión Cívica Radical y disputa desde adentro.

 

Su trayectoria estuvo vinculada políticamente a Manes y actualmente integra el espacio Construir junto a Miguel Fernández y otros dirigentes que cuestionan el predominio del abadismo.

 

Pero reducir a Juliano simplemente a su pertenencia a una corriente interna sería desconocer su presente político.

 

El diputado nacional atraviesa una etapa de creciente exposición pública, con una participación cada vez más visible en los debates del Congreso de la Nación y una construcción política que comienza a exceder la propia interna radical.

 

Y existe un dato territorial que no debería pasar inadvertido: Pablo Juliano es platense.

 

En una ciudad que comenzará progresivamente a discutir quiénes pueden disputar su conducción en 2027, su nombre reúne elementos que inevitablemente lo incorporan a esa conversación: pertenencia radical, representación nacional, conocimiento del territorio y una exposición pública creciente.

 

No existe hoy una candidatura formal que permita presentarlo como candidato a intendente de La Plata.

 

Pero tampoco sería razonable excluirlo de los nombres con potencial para disputar la conducción de la ciudad.

 

Cuidado con Juliano.

 

Mientras una parte del radicalismo continúa discutiendo quién controla las estructuras partidarias, el diputado platense está construyendo algo que en política puede resultar todavía más importante: visibilidad, identidad propia y proyección.

 

2024: UNA HERIDA QUE SIGUE ABIERTA

 

La interna radical bonaerense de 2024 dejó en evidencia la profundidad del conflicto.

 

El proceso estuvo atravesado por cuestionamientos, impugnaciones y una disputa judicial que excedió ampliamente una competencia partidaria habitual.

 

Lo que estaba en juego no era únicamente una conducción partidaria.

 

Era el control político de la UCR de la provincia de Buenos Aires.

 

Posteriormente se alcanzaron acuerdos.

 

Se distribuyeron responsabilidades.

 

Se intentó encauzar institucionalmente al partido.

 

Sin embargo, la distribución de cargos no implicó necesariamente la reconstrucción de la confianza interna.

 

Y lo ocurrido en Atenas evidenció que esa confianza continúa debilitada.

 

LA SOMBRA DE LAS NEGOCIACIONES CON KICILLOF

 

Existe además un antecedente que alimenta la desconfianza de distintos sectores radicales respecto de las negociaciones políticas impulsadas por Abad.

 

Durante distintas instancias de diálogo entre el gobierno de Axel Kicillof y la oposición bonaerense, surgió reiteradamente el nombre de Marina Sánchez Herrero, esposa de Maximiliano Abad, como posible candidata radical para ocupar una vacante en la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires.

 

La designación nunca se concretó.

 

La mención de su nombre no prueba, por sí misma, la existencia de un acuerdo entre Abad y Kicillof.

 

Pero políticamente generó ruido.

 

Mucho ruido.

 

Especialmente cuando esas versiones circularon en momentos en que el oficialismo provincial negociaba con sectores opositores cuestiones sensibles como Presupuesto, endeudamiento y cargos institucionales.

 

Los críticos internos de Abad utilizaron aquel episodio para reforzar una acusación que venían formulando desde antes:

 

mientras un sector del radicalismo promovía una postura de confrontación con el peronismo bonaerense, otro sector de su conducción mantenía canales de negociación institucional con ese mismo poder.

 

La interpretación puede discutirse.

 

Lo que resulta indiscutible es que la desconfianza quedó instalada.

 

Y en política, la desconfianza no desaparece porque una Convención proclame unidad.

 

LA JUNTA ELECTORAL FUE SOLO EL DETONANTE

 

Construir llegó a Atenas reclamando representación en la Junta Electoral.

 

Sostenía que el proceso de normalización partidaria debía garantizar participación de las distintas corrientes internas.

 

El pedido no prosperó.

 

Sus convencionales se retiraron del recinto.

 

Y expresaron:

 

“La UCR no tiene dueños.”

 

Resulta difícil explicar semejante reacción únicamente por una silla.

 

La Junta Electoral fue el detonante.

 

Detrás estaban los años de tensiones acumuladas.

 

Las internas.

 

Las derrotas.

 

Las negociaciones cuestionadas.

 

La pelea territorial.

 

La discusión por la representación.

 

Y, fundamentalmente, una pregunta que atraviesa al radicalismo bonaerense:

 

¿quién tiene legitimidad para conducir al conjunto del partido?

 

¿ABAD CONSTRUYÓ PODER O CONSTRUYÓ UNIDAD?

 

Esta es probablemente la pregunta más incómoda que dejó Atenas.

 

Nadie discute que Maximiliano Abad construyó poder.

 

Lo hizo dentro del partido.

 

Lo consolidó territorialmente.

 

Lo sostuvo legislativamente.

 

Y consiguió preservarlo.

 

Pero construir poder no significa necesariamente construir unidad.

 

Los resultados están a la vista.

 

Una parte relevante del radicalismo vuelve a cuestionar cómo se toman las decisiones.

 

Dirigentes que deberían compartir una estrategia aparecen enfrentados.

 

Sectores que integran formalmente la misma estructura abandonan una Convención.

 

Y una reunión pensada para exhibir cohesión termina mostrando exactamente lo contrario.

 

Por eso el debate sobre Abad ya no debería limitarse a cuánto poder tiene.

 

La discusión central es qué radicalismo quedó después de años de su influencia determinante sobre la conducción bonaerense.

 

Sus críticos sostienen una respuesta durísima: acumuló poder, resistió internamente y condujo, pero no consiguió unificar al partido.

 

Atenas acaba de darles un nuevo argumento.

 

ATENAS NO GENERÓ LA CRISIS: LA VOLVIÓ EVIDENTE

 

Emiliano Balbín quedó al frente del Comité Provincia.

 

Pablo Nicoletti preside la Convención.

 

Miguel Fernández, Pablo Juliano y Construir expusieron públicamente sus diferencias.

 

Facundo Manes permanece fuera de la estructura orgánica cotidiana, aunque parte de la construcción política que alguna vez encabezó continúa teniendo expresión dentro del radicalismo.

 

Y Maximiliano Abad conserva una influencia determinante.

 

Formalmente, la UCR bonaerense tiene autoridades.

 

Institucionalmente, consiguió encauzar su funcionamiento.

 

Políticamente, continúa fragmentada.

 

Atenas no produjo esa crisis.

 

La hizo visible.

 

No fue la Junta Electoral la que inventó el conflicto.

 

No fue Juliano quien lo creó el sábado.

 

Tampoco Miguel Fernández.

 

Ni Construir.

 

La disputa venía de antes.

 

Y quizás ese sea el dato político más importante de toda la Convención.

 

Porque el radicalismo fue a Atenas buscando una fotografía que demostrara que había terminado su guerra interna.

 

Terminó obteniendo una fotografía diferente:

 

la de un partido donde todavía se discute quién manda, quién representa, quién decide y cuánto espacio está dispuesto a entregar quien controla el poder.

 

Y entonces aparece inevitablemente la pregunta que Maximiliano Abad deberá responder:

 

¿de qué sirve controlar una parte importante del partido si cada vez resulta más difícil conseguir que todo el partido camine en la misma dirección?

 

Un dirigente puede acumular cargos.

 

Puede construir estructura.

 

Puede tener legisladores.

 

Puede dominar territorio.

 

Puede ganar internas.

 

Puede conservar la lapicera.

 

Pero conducir es algo diferente.

 

Conducir también significa conseguir que aquellos que piensan distinto tengan motivos para quedarse sentados en la misma mesa.

 

En Atenas, algunos se levantaron y se fueron.

 

Y quizá ninguna imagen explique mejor el problema que hoy atraviesa a la Unión Cívica Radical bonaerense.

 

Porque el radicalismo fue a Atenas buscando demostrar que había encontrado la unidad y terminó demostrando que todavía sigue buscando quién pueda construirla.