1. 14 MIL MILLONES DE PESOS EN PLAZAS QUE SE INUNDAN: EL FANTASMA DE LA OBRA INÚTIL
VEO, VEO… EL FANTASMA DE LAS PLAZAS QUE NO DRENAN

Hay noches en las que la lluvia no solamente moja. También habla. Y cuando cae sobre La Plata, cuando el agua comienza a acumularse en las veredas y los vecinos tienen que atravesar una plaza remodelada esquivando charcos, aparece nuestro viejo conocido: el Fantasma.
—Veo, veo… ¿qué ves, Fantasma?
—Veo una ciudad que estrena plazas, pisos nuevos, luces nuevas y canteros nuevos, pero que cuando llueve sigue teniendo el mismo problema de siempre: el agua no sabe por dónde irse.
Y ahí está la verdadera discusión. Nadie cuestiona que una plaza necesite mantenimiento, que los espacios públicos deban renovarse o que una ciudad tenga lugares lindos, seguros y disfrutables. Lo que sí podemos y debemos cuestionar es algo mucho más básico: ¿de qué sirve una obra hermosa si después de una lluvia se convierte en una pileta?
La Plaza San Martín fue remodelada con una inversión que, según se informó públicamente, ronda los 4.600 millones de pesos. La Plaza Italia también fue intervenida, con una inversión cercana a los 2.000 millones. Y si se observa el conjunto de las grandes obras realizadas sobre plazas y espacios emblemáticos, aparecen cifras millonarias que obligan a formular una pregunta elemental: ¿cuánto se invirtió en estética y cuánto en infraestructura hidráulica?
Porque una ciudad como La Plata no puede planificarse solamente mirando cómo queda una obra en una fotografía.
Hay que mirar también qué ocurre debajo de esa fotografía: los desagües, los conductos, los niveles, los cauces, la capacidad de absorción y la relación entre las plazas y las calles que las rodean.
Porque el agua no entiende de inauguraciones ni de discursos. La lluvia no lee comunicados de prensa. Simplemente busca dónde escurrir.
Y cuando el suelo se impermeabiliza, cuando se reemplaza tierra por superficies duras y cuando se modifica la absorción natural sin resolver adecuadamente el drenaje, el agua tiene que ir a alguna parte. Si no encuentra por dónde, termina en la calle, en la vereda y, muchas veces, en las viviendas de los vecinos.
Entonces aparece una pregunta que merece una respuesta concreta: ¿cuánto de todo ese dinero estuvo destinado específicamente a resolver el problema estructural del drenaje urbano?
No queremos solamente fotografías de obras terminadas. Queremos números. No queremos solamente inauguraciones. Queremos resultados. No queremos plazas que luzcan extraordinarias cuando sale el sol; queremos una ciudad que funcione cuando llega la tormenta.
Porque una obra pública no debería medirse por la fotografía de su inauguración, sino por su capacidad para resolver el problema para el cual fue concebida.
Y cada lluvia es una auditoría.
Una auditoría que no necesita escribano, expediente ni conferencia de prensa. El agua muestra lo que está bien y desnuda lo que está mal.
Entonces aparecen los trabajadores municipales corriendo detrás del problema: destapando, limpiando, barriendo, intentando resolver una y otra vez las consecuencias de una situación que, en muchos casos, debería haber sido contemplada antes de colocar el primer piso, el primer cantero o la primera luminaria.
Y hay algo que debe quedar claro: el trabajador municipal no tiene la culpa. El vecino tampoco. El debate está en la planificación.
Porque si se invierte una enorme cantidad de dinero en transformar el aspecto de una plaza, pero no se resuelve adecuadamente cómo se comportará el agua cuando llueva, podemos estar frente a una obra visualmente nueva que reproduce viejos problemas urbanos.
Nos dijeron que una parte muy importante del presupuesto municipal está destinada a obras públicas. Perfecto. Entonces hagamos la pregunta que corresponde: ¿cuánto de ese presupuesto se destina específicamente a infraestructura pluvial y desagües?
La respuesta debería estar en los números, en los proyectos y, sobre todo, en los resultados.
Porque La Plata no necesita solamente obras que brillen. Necesita planificación. Necesita infraestructura. Necesita previsión. Necesita que cada peso invertido tenga una consecuencia concreta sobre la calidad de vida de los vecinos.
Y necesita recuperar algo que parece haberse perdido: el sentido común.
Primero el drenaje. Después el piso.
Primero la infraestructura. Después la foto.
Primero resolver. Después inaugurar.
Porque cuando una plaza remodelada se transforma en una pileta después de una lluvia, el problema ya no está solamente en el agua.
El problema está debajo del piso.
Y mientras algunos discuten candidaturas, proyectos políticos y aspiraciones electorales, hay una pregunta mucho más sencilla que todavía espera respuesta: ¿quién va a gobernar el agua de La Plata?
Porque una ciudad que pretende proyectarse hacia el futuro no puede seguir reaccionando ante cada tormenta como si la lluvia hubiera aparecido por sorpresa.
No alcanza con culpar al cambio climático. No alcanza con hablar de fenómenos extraordinarios. La Plata es una ciudad cuya relación con el agua debería estar en el centro de cualquier planificación urbana seria.
Y justamente por eso el Fantasma vuelve.
No es un fantasma político ni partidario. Es el fantasma del vecino que paga sus impuestos, que camina con el agua hasta los tobillos y que observa cómo se gastan millones mientras algunos problemas básicos siguen sin resolverse.
Es el fantasma de una ciudad que pregunta.
Y cada vez que llueva va a volver a hacerlo:
—Veo, veo… ¿qué ves, Fantasma?
—Veo millones que brillan arriba y una ciudad que todavía espera que alguien arregle lo que no se ve abajo.
Porque el verdadero fantasma de La Plata no es la lluvia.
Es una obra que parece terminada, pero que todavía no resolvió el problema.
Y hasta que la ciudad pueda respirar, absorber y drenar como corresponde, el Fantasma seguirá apareciendo.
No para asustarnos.
Para recordarnos que, detrás de cada inundación, de cada calle anegada y de cada vecino obligado a cruzar el agua, hay una pregunta que no debería desaparecer cuando deja de llover:
¿Estamos construyendo una ciudad para que se vea bien o una ciudad para que funcione bien?
Veo, veo…
Y esta vez, el Fantasma no trae miedo.
Trae una advertencia.